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miércoles, 22 de septiembre de 2010

La palma de mi mano

Las líneas de mi vida. Foto S
Hace tiempo -bien pudo haber sio un día, un año, o en otra vida-, un brujo le dijo a una bruja: "veamos que brujo es mas poderoso"
La otra bruja, era yo.
Cómo pudo decirme bruja, si estudio la palma de mi mano, la derecha y luego la izquierda, una y otra vez, y no puedo descifrar la línea de mi vida. Solo puedo ver que se parte en dos, a la mitad, y no sé cuál ni cuando es la mitad de mi vida.

Bien puede ser la mitad de mi vida contando unos ochenta años, o noventa o cien.
Podría ser que la mitad de mi vida es justo ahora, a los cuarenta y medio, o bien puede ser dentro de cinco años, o podría ser en diez.

Eso lo venía pensando hoy en el coche, mientras casi hecha bolita veía por la ventana la calle y los otros coches. Los edificios, a la gente caminando, los árboles.
Absorta en mis pensamientos.
Y pensaba.
¿Seré yo la que parta mi vida en dos, un hecho externo, o una persona ajena a mi vida?
Porque la vida, me queda claro, es mía, nadie la vive por mi.
Me inundaba una pesadez extrema, parecía hecha de plomo.
Me sentía blanca y en blanco.

En eso sentí una mano que venía del asiento delantero. Tomaba la mía y la apretaba fuertemente.

Trataba de decirme con ese apretón: "todo estará bien, estaremos bien y estarás bien", pero también me decía "tengo miedo, gracias por estar, perdón porque esto se me salió de las manos y sé que es un momento muy feliz, emocionante en tu vida y lo último que quiero es echarlo a perder".

En ese momento sentí un dolor ajeno instalando en mi. Ese dolor por ese hombre que parecía niño apretándome la mano porque no se la va a apretar a su mamá, ni a su hermana ni a su amor, porque aún no tiene un amor.

Pasando los minutos, comencé a sentirme mas liviana, mas iluminada, mas cómodamente instalada dentro de mi alrededor.

Y volví a pensar que cuando se me olvida ser Bruja, Diosa o Sirena y me vuelvo esa Yo terrenal, todas las personalidades toman fuerza.

Tal vez no soy una Bruja y solo me lo invento. Tal vez trato de entender mis líneas de vida y siempre pienso que un evento trágico es el que las cambia, el que desde mi nacimiento partió mis líneas en dos.

¿Pero, qué tal si es un viernes a las siete de la noche, el que dá comienzo a esa nueva mitad de mi línea de vida?

martes, 21 de septiembre de 2010

El tantra y otras cosas

Varias veces cuando era niña-joven, subí a veleros en los que me encantaba cap-size.

Una vez me subí a una bicicleta y me estrellé contra una pared para no estrellarme contra un tractor.

Otro día me subí a un ultra ligero, y en el aire, a no-se-cuantos metros de altura el que lo manejaba apagó el motor y planeamos unos ¿segundos-minutos? (no lo sé, parece que el tiempo se detuvo y que fué una eternidad chiquita...)

A los trece años, le rompí dos costillas al papá de un amigo...¿cómo? eso no lo diré, no fué en una lucha...fué un accidente extremo es lo único que diré.

Otra vez subí a un globo a las siete de la mañana en Tequisquiapan y bajé "casi perfectamente borracha"

Ahora me entró el buceo por los poros y solo pienso en meterme en el mar lo mas profundo que pueda, tal vez lo mas próximo que alguna vez pudiera parecerme a una sirena.

Un día a las dos de la mañana subí a ver la luna llena, sola...bueno, con una voz al otro lado del teléfono que era inexistente (tal vez hasta me inventé esa voz para no sentirme sola en ese momento con la luna que parecía me jalaría al espacio)

A los nueve años, Alejandro Cruz me jodía tanto en la alberca, que acabé dándole un puñetazo, del cual mi papá sigue perfectamente orgulloso. Se lo merecía el cabrón aparentemente, y como no tenía hermanos mayores, ni primos, pues no me quedó mas remedio que dárselo yo misma, con mi puñito acuático.

Hace unas semanas comprobé que habían entrado a mi casa a robar y entré a cortar ese aire viciado sin pensar que podría toparme con unos ladrones tal vez encapuchados, o tal vez armados, o tal vez mas fuertes que yo.

Otra vez, vestida para matar, me chocaron en la carretera en plena noche, en plena boca de lobo.

Dos veces en dos años distintos, con dos años de separación dí a luz a dos criaturas que -no podía creer-, habían salido de mis mismísimas entrañas.

Unas veces hice algo, hace unos años, que ahora no haría (es un secreto).

Un día de un marzo, tomé mi coche bien entrada la noche y manejé por la carretera para tener una de las peores noches de mi vida, y salí bien entrada la madrugada de esa noche para regresar a mi vida que era lo mas anormal en ese entonces.

En noviembre, sin pensarlo dos veces, entré a una "tatuajería" a tatuarme tres espirales.

Un verano, me fuí a la selva y dormí siete noches en medio de animales, lluvia y lunas, completamente sola.

Un día me quedé atorada en una ola que parecía un carrusel en el Pacífico y pensé que me iba a quedar toda la eternidad, entre ahogada y no, sin poder salir de ella.
Y era la misma ola...nada de eso de la "séptima ola", eso es un mito, era la misma.

Una tarde a mis quince o dieciseis años, en una balsita de plástico frágil y peligrosa me quedé atorada cerca de unas rocas, también en el Pacífico...pensé también que me quedaría una eternidad viendo esas rocas.

Un septiembre por la noche decidí dejar mi matrimonio completamente segura de que no quería un día más de esos veinte años que había pasado allí. Sin motivo aparentemente tangible y suficientemente razonable para hacerlo. Simplemente decidí que no seguiría en esa vida.

De chica, como todos, perdía mi mamá en algún centro comercial, o en alguna tienda.

Un día, a los diecisiete, nos robamos el coche del papá de mi amiga María Paz para irnos de pinta.

Una mañana mientras estudiaba en el coche con Mónica para un exámen de Física o Química, nos hizó una vergonzosa exhibición un exhibicionista.

A los diecinueve años me escapé con un novio para perder la virginidad en Cuernavaca.

Cada día, ahora, vivo sola, conmigo y en mi. Descubro nuevos extremos y planeo expediciones y especies de aventuras para mi.

Pero, lo que más quiero ahora, es hacer origamis tántricos.

La vida se vive una sola vez, dice mi amiga Marcela...

La vida ahora, y antes, es vida, es única, y espero me pague catorce años que en algún momento quedó a deberme sin saberlo ella, ni saberlo yo, sin saberlo él.

domingo, 19 de septiembre de 2010

El cielo, el agua y la tierra


Dos veces lo he hecho ya.
La realidad es que es algo a lo que siempre le tuve miedo. O mas bien respeto. Una especie de claustrofobia.
Todos decían: "es una experiencia única, tu que eres tan de agua, deberías probarlo"...pero yo siempre contestaba en la mente "no, yo soy de fuego. Mi signo es fuego, mi mes es fuego, mi esencia es fuego", todo esto contestaba con un simple "no, no se me antoja"

O tal vez es algo que como muchas otras cosas, simplemente dejé pasar sin pensar, sin permitirme sentir, sin obligarme (¿debería usar la palabra "obligarme", no lo sé...) a hacer.

Hasta que un día, en ésta nueva vida, me decidí sin pensarlo siquiera. Y, ahora que lo escribo, así es como se deben hacer muchas cosas, sin pensarlas siquiera.

Y entonces comenzó, pero éste comienzo me llevó a mis orígenes mas lejanos.
A cuando era niña.
A cuando empecé a nadar.
Tenía apenas seis años, y no sé si me gustaba, simplemente me dijeron..."Brígida...¡al agua!"
Y comencé a nadar. Maquinalmente tal vez.
Nunca me disgustó. No sé si me gustó. Solo sé que ahora, aunque deje espacios de tiempo cortos o largos entre una nadada y otra, que me gusta.
Siempre viendo desde la superfice el fondo. Viendo el cielo, y viendo los árboles.
El cielo, el agua y la tierra.

Recordé una vez que me aventé sin pensarlo desde una plataforma de diez metros a los once años y juré no volver a hacerlo.
Del cielo al agua.

Pero, llegó el día en que ví, hace apenas una semana el cielo desde el agua.
Los rayos de sol cruzando el agua hasta los cinco metros debajo, donde estaba yo dando maromas con un tanque y pesas en mi cintura.
Y veía las burbujas de mi tanque salir a la superficie.
A los comienzos del cielo, desde la tierra.
Toqué fondo.
Ví nadadores en la superficie pasando sin verme siquiera.
O a lo mejor me veían, pero no como yo los veía a ellos.

La perspectiva desde el fondo es algo que no se puede describir, solo se puede sentir.

Y entonces pensé...
Cuando tenga dinero, me compraré una cámara submarina...

Y saliendo, tomé una foto del cielo, desde la tierra, después de haber estado en el agua.

Buceando, por segunda vez en mi vida...en ésta, mi nueva vida...
Nueva vida en espirales con haikus y con paz feliz.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Cándido Esteban

La primera vez que oí su nombre, casi lo como a besos.

Tengo debilidad por los nombres interesantes, y éste definitivamente es uno de esos que en lo redondo de sus letras podría asegurar tiene una historia interesante.

Y, es que...
Las vidas, aunque aparentemente normales, siempre son interesantes.
Tal vez más interesantes que las vidas de un gran político, que la de un Premio Nóbel, que la de algún poeta, o un gran músico...

Por principio de cuentas, lleva miel en sus letras. Lleva paz, lleva dulzura en inglés -candy-, lleva armonía.
Lleva una esdrúdula diría el Haijin.
Lleva el nombre de mi hijo, diría yo...

Le imagino caminando por las calles de su ciudad con una sonrisa interna a cada paso. Le imagino manos fuertes y trabajadoras. Le imagino lo mismo cuidando plantas en su jardín que cargando un mueble entero solo, sin ayuda, que acariciando dulcemente la cara de un bebé: suyo o no suyo.
Le imagino por las mañanas saliendo y disfrutando el calor a bocanadas o el aire frío, ese que taladra las mejillas al cerrar la puerta y poner un pie en la calle...no necesariamente a trabajar, o al cine o al mercado o al parque o a una cita con el médico...
Simplemente saliendo: de mañana o a media tarde...

Le imagino cerrando la puerta de su casa desde que era un niño y decidiéndose en automático, sin preguntas, a disfrutar la vida en forma de lo que sea que se presente a cada amanecer...

Siento que le va a algún equipo de futbol.
Imagino que debe tener en secreto muchas aventuras que para otros y otras no fueron "tan aventuras"...
Imagino que si no tiene hijos o hermanos, se los ha inventado por la vida. Los ha bautizado como suyos. Los ha acogido de lleno en sus entrañas.

Puede ser que tenga un corazón grande, del tamaño de una berenjena, -tal como una vez, mi hermano menor me enseñó una radiografía suya y así parecía-, pero...no importa el tamaño...Cándido Esteban es de corazón grande porque ama todo y a todos por igual.

A veces se enoja, pero siempre con razón, nunca sinrazón. Y así como se enoja, se desenoja.
Y nunca deja de querer. Nunca. Su religión personal se lo impide...

Definitivamente Cándido Esteban debe trabajar en un lugar donde la gente que lo rodea lo quiere...aunque claro, nunca faltan los envidiosos que le envidian el corazón de berenjena que tiene...

Lo siento, -ya no lo imagino-, caminando por las calles de su ciudad. Dando pasos de quien merece ésta vida. De alguien que la vida merece.

Y algo que siento también, es que si lo conozco un día...(claro que lo conoceré...no hay opción en ésto...), nos abrazaremos y nos querremos desde el primer momento.

No dejaremos de platicar ni de reír.

Nos divertiremos, y alguien, sentado del otro lado de esa misma mesa, nos mirará sonriendo, fumando un cigarro, carcajeándose de nuestras gansadas...

sábado, 4 de septiembre de 2010

Si Merlina hablara

Abriendo la puerta, me la topo en la silla del comedor.

Mi mirada y la suya detenidas por unos segundos. Largos segundos en los que no movimos la mirada de los ojos de la otra, pero en la que con la vista periférica, con el famoso rabillo del ojo, vi que algo estaba mal.
Algo faltaba.
Algo no encajaba.
Y no encajaba porque en circunstancias normales ella hubiera bajado en un nanosegundo de la silla. Y no se movió, parecía que no respiraba...
Se quedó quieta, como diciéndome: "todo está bien, no entres en pánico"

El aire se sentía ligeramente diferente.
O mas bien la diferente era yo, cruzando el aire que ahí estaba, con sabor y olor a adrenalina...

Faltó mi computadora.
Faltó mi cámara.
No faltaron más cosas aparentemente.

Pero.
Manos ajenas abrieron mi puerta.
Manos desconocidas abrieron mis cajones.
Manos sudorosas y sucias revolvieron mi ropa interior.
Pies sin invitación caminaron mi piso de madera aparente.
Narices no bienvenidas respiraron mi aire. Ese que huele a mis recuerdos, a casa de mi abuela, a mi libertad.

Ojos ladrones estarán viendo mis chats con mi Haijin. Estarán viéndome de tamaño completo en un fondo de pantalla besando a mi hijo.
Ojos desconocidos que ven mis fotos.
Las miles que tengo allí.

Lo bueno es que mi música no la escucharán.
Algo mal hice en un respaldo que toda se quedó guardada fuera de mi computadora...

Si Merlina hablara, allí mismo me hubiera dicho, como me lo dijo con los ojos:

"Manos, pies, ojos y presencias extrañas estuvieron aquí...Y no me entendieron cuando maullando les dije que se largaran, que no era su casa, pero no te preocupes...No pasó a mayores.
Comprarás otra cámara y otra computadora...
Y de ahora en adelante...-siempre deberás cerrar las dos chapas, las que ya tienen nueva combinación-..."

(Y lo que no les perdono, es que hayan revuelto mi cajón de ropa interior...)

domingo, 29 de agosto de 2010

La Epidural

Domingo acurrucado.

Todo en paz, todo en tranquilidad, casi en silencio.

Nos sentamos en el sillón anaranjado a ver una serie inglesa. Éste humor inglés que nos hace reír y me encanta oir en carcajadas de mi pequeño que ya no tiene nada de pequeño.

En un momento, me acurruco sobre el lado derecho, sobre un cojín y me quedo profundamente dormida.
Estoy consciente que mis piernas están sobre algo elevado, y en cierto momento el pequeño me tapa con una cobija y baja el volúmen de sus risas y de la serie inglesa actuada por un irlandés.

Sueño con la epidural.

Recuerdo en sueños el segundo parto que fué extremadamente doloroso en un solo punto, tal vez del tamaño de la huella digital de mi dedo meñique, pero era desproporcionalmente intenso al tamaño de su superficie.
Me dolía tanto que no podía gritar, simplemente quejarme amargosamente.

Luis, mi adorado Luis, llegó en ese momento, en el que le decía, -ya no puedo con el dolor, Luis-...y entonces él me dijo -está a punto de nacer, es un dolor/reflejo-, me lo dijo con esa mirada tan dulce que extraño muchas veces...
A los poquísimos años murió Luis.
Puedo asegurar que el último niño que recibió fué el que me nació ese día...

La enfermera llegó y me dijo: -ya no puedo ponerte mas anestesia-.
No mas epi.
Y recordé en ese sueño encorvado y acurrucado la posición para la epi:
De lado, posición fetal, con una panza descomunal, abrazando las rodillas -intentando mas bien-, mientras te dicen: -no respires, no te muevas, no abras los ojos siquiera-.

Y ese pavor contenido, que si llegaba a moverme, sin importar si en ese momento llegaba una contracción, podía fallar la aguja y quedarme sin caminar el resto de mis días...

Decidí entonces, ya medio despierta, que lo mejor sería pasar a una posición más cómoda y me fuí a la cama.

Solo que ya no pude dormir mas.

Y como la mente nunca tiene sueños sin razón, recordé la plática con la Sirena al medio día.

Alguien que conoce, sumamente cercana a ella está esperando un bebé inesperado.
Ella tiene casi mi edad. El tiene 56 años.
Ella va a tener otra epiduiral en unos siete meses.

Yo.
Yo no quiero otra epidural.

martes, 24 de agosto de 2010

Como una resaca

Los últimos días...
He perdido la cuenta de cuántos.
Eso es lo único que tengo claro. Más no sé.

Sé que conozco una paz que me sorprende.
Que a veces se asemeja a una resaca.
A una resaca en el Pacífico.

Parece como si estuviera sentada en la playa, en Pie de la Cuesta, y el mar comenzara a alejarse...
No sé porque lo imagino así.
Porqué lo siento así.
Solo sé que me gusta.

Solo sé que es tan embriagadoramente feliz que lloro con y sin lágrimas.

Porque me doy cuenta que cuando mas débil me sentía, fué precisamente cuando más fuerte fuí.
Cuando perdí el camino, estaba caminando en él.
Cuando sentí que me caía, estaba caminando mas erguida que nunca.
Cuando parecía que el Druida se me clavaba en las entrañas, ya lo había sacado sin haberme dado cuenta.

Y hoy, cuando el Haijin me dijo una frase de la Princesa..."eso te hará mas feliz..."
Esas simples palabras se me atoraron cómodamente entre las auroras boreales.
Me las apropié, así como otras que también dijo: "La historia nos escribe a nosotros"

Lo único importante en ésta vida, es gastar los segundos siendo feliz.
Hacer que la historia nos escriba a nosotros de ésta forma...

Y cuando dan ganas de llorar por ese motivo, cuentan dobles esos segundos.

Y cuando haces origami con las manos, cuentan triples.

Y cuando una libélula aparece en tu cielo, cuentan cuádruples.

Y cuando se dé ese abrazo, cuando llegue el momento...entonces ese momento convierte los segundos en un ocho en horizontal...

(si, en un infinito...profundo, permanente, eterno, etéreo y con lágrimas de felicidad que viajan en cometa)

lunes, 16 de agosto de 2010

Cuarto creciente de verano

Hace meses no veía la luna.
Hace meses no le pedía deseos.
Pero el sábado se me apareció en medio de la calle saliendo del cine que es como mejor se ha visto siempre. Majestuosa.
Y me dijo no te he olvidado, no me olvides tu...

Y la razón de los no deseos era simple.
No quería desear nada.

Quería encontrar la calma después de la tormenta. Ese era un deseo, pero no lo formulé. No lo escribí en papel de china, no lo doblé en cuatro, no lo besé con todas mis ganas antes de quemarlo. No lo puse en la tierra de la orquidea que quiere renacer y no puede.

Ahora entiendo esto de la paz.

Había tres caminos a tomar: el de la izquierda-corazón, el de la derecha-razón y el del centro-aparente.

Quise dar pasos por los caminos laterales y no pude.
Cuando traté de respirar, calmarme y pensar y sentir por enésima ocasión  dí el primer paso por el camino del centro.

Estaba muy ocupada dando el primer paso.
Cuando cayó de lleno la planta de mi pie izquierdo, sentí.
Sentí que el camino era arena de mar, pasto de Cuernavaca, hojas húmedas de la selva, concreto de mi calle y madera aparente del piso de mi recámara.

Comencé a ver.
Ví sietes y nueves. Vi libélulas. Vi palabras esdrújulas. Sentí besos y caricias.
La Osa Mayor era una osa de verdad que me abrazó la pierna derecha y se plasmó entre lunares como un tatuaje.
Levanté una pieza de origami hecha en un papel tan sedoso que mis manos no quiseron soltar.
Escuchaba un si arrastrado de alguien con voz grave.
Sentí una mirada en la nuca que me abrazaba al mismo tiempo que me abrasaba.
Alguien me puso un broche púrpura en el pelo.
Mis respiraciones oscilaron entre las nueve y las trece, pero en ocasiones alcanzaron las cincuenta y cuatro.
Y en eso, me abrazaron por la espalda mientras me susurraban un haiku eterno y silbante.

Este camino.
Tiene espirales oscilantes.
Tiene olor a tabaco y a historias.
Mías.
Historias vivientes.
Suyas.
Historias reales.
Nuestras.

sábado, 14 de agosto de 2010

Después

Después de una semana de no dormir en mi cama, porque tuve que aceptar ayuda de terceros para vivir con su mano a mi alcance, regreso a mi casa en una forma extraña.

El olor es el mismo que la primera vez que entré allí, pero no me había pegado de lleno como hace unas horas. Tuve que sentarme en la banca de madera que hace unas semanas cambié de lugar porque me entró el olor por todos los poros y me dió en el costado izquierdo y en el cerebelo.

Pensé siete cosas pero sentí nueve mientras pasaron catorce minutos.

Cuando conté nuevamente trece respiraciones por minuto que acompasaron mis piensos con mis sientos y los pasos que daría, me levanté para entrar en la cocina llena de sol. Llena de blancura y llena de silencio.

Pero el silencio me hablaba. Me susurraba en el lóbulo derecho todo lo que esos colores y sonidos mudos habían hecho en mi ausencia. Me contaron las prisas de los vecinos. Me contaron que los niños habían dejado un vaso en mi librero con restos de leche que ya estaban fosilizados en el vidrio transparentísimo. Me dijeron que las lluvias habían respetado el sillón por la ventana que dejé ligeramente abierta.

Me dijeron que mis pasos no habían sonado y los vecinos de abajo se habían preguntado qué había pasado, que no era un silencio como el de vacaciones en el que le aviso a la del veintidós que me iré por unos días.
No hubo juegos de Merlina.

El olor seguía.
Ya no sé si ese olor huele a recuerdo o huele a mi.

La manga de la blusa rosa se me cayó a medio brazo y se me enfrió el hombro. La subí después de unos segundos mientras veía los animales de barro verde que están sobre el microondas blanco.
La subí maquinalmente, pensando que no podía tener frío a esa hora y con ese sol entrando por las ventilas.

Y cuando llegué a mi recámara me atrapó el olor a madera que huele a independencia y a cama-de-reina-vírgen.

Y me acosté en ella, y ví el lado izquierdo perfectamente tendido con flores azules y grises y lilas.

Y supe que allí habías estado anoche esperándome, pero yo no llegué.

Simplemente, te sentí allí.

Con todo ese silencio a nuestro lado con un mar Atlántico en medio.

domingo, 8 de agosto de 2010

El accidente

Brígida ve los aparatos encima de ella, el techo blanco y las cortinas azules.  Nunca ha estado en una habitación como ésta.
De hecho no es una habitación, es un cubículo, un espacio, un cuarto en un frío hospital.
Su mente, que por hoy no es de Diosa, tiene trabajo para procesar lo ocurrido.
Hoy, por ejemplo, recordó el camión rojo frente a ellas que parecía alcanzarían pero no llegaron a tocar.
Ella y la Viuda de Clicot iban vestidas para matar: medias de red una,  botas negras con tacón de aguja la otra. Negro de pies a cabeza la Viuda. Dorado y negro la otra.


Todo iba bien hasta que llegaron al kilómetro treinta y nueve.
Treinta y nueve es un número en espiral, pero ellas no sabían que esa espiral estaba llena de lluvia, aceite, torretas y pedazos de coches.
Treinta y nueve, los mismos años que la hermana de Brígida cumplía ese día siete.
Tampoco pudieron haber sabido, porque la Gitana está de vacaciones y no les leyó el Tarot ésta semana,  que a su lado, detrás de ellas, frente a ellas y a los lados hubo quienes sangraron y perdieron el conocimiento.
Ellas no sangraron, una sola gota.

La que tiene nombre de Paz, que también las acompañaba,  parecía que estaba y que no estaba.
Parecía un hada en medio de ese bosque donde volaba daba tumbos entre las luces rojas y azules. Curaba al padre que estaba sentado desconsolado, tocándole la cabeza para calmarlo, hablando con todos, pero manteniendo un ojo atento a las Diosas que seguían tratando de comprender ese camino en espiral que habían tomado.
Veían las medias de red, los tacones y las botas. Se miraban sin palabras. Se tocaban dándose fuerza muda. Deberían estar en otro lugar. No allí.
Deberían estar riéndo y bailando.
Borrachas con algún vino o con alguna bebida mágica y de colores verdes centellantes o azules caribeños.

Su sangre se intoxicó de adrenalina. Estaban mudas y borrachas. Los movimientos parecían lentos, eternos.
El tiempo, para una pasó tan rápido que ni pudo contarlo.
Para Brígida el tiempo parecía eterno. Hablaba incoherencias y se reía. Dolía en algunos lados, pero como siempre, sabía que todo estaría bien.

Las torretas de las ambulancias se apagaron, el ángel disfrazado de alguacil les hablaba palabras amables con sonrisas.

Miranda, como les dijo que se llamaba el que maneja las grúas de sus hermanas, les encendió un cigarro mágico que llenaba de oxígeno los pulmones y sacaba adrenalina por sus fosas nasales.

Joaquín las abrazaba y soltaba alguna que otra palabreja que las tres adoraron en ese momento simplemente porque estaba con ellas, que por muy Diosas que son, necesitaron que alguien estuviera presente mientras la adrenalina continuaba en sus sistemas circulatorios y divinos...

Al regresar Brígida, amaneciendo ya al día siguiente, daba mas vueltas que Merlina caminando sin sueño y tenía en las piernas un temblor incontrolablemente equilibrado,  estaba en un estado general estable, frío, aparentemente fuerte e irrompible.

Se sentía tan viva que parecía que no podía haber mas vidas que ésta, la de su presente, la del ahora, la del instante.
La de éste verano, la de éste siete de agosto que ya fué ayer.
Ese día en que sintió, que cuando es humana, la vida puede irse en un instante, pero la Luna, los cometas y el universo le regala otros muchos.

Mas tarde, Brígida tuvo que hablar con su madre, con la Diosa Mayor...
Y ésta le dijo en su voz con acento extranjero: "Estoy tan feliz de oír tu voz, de poder seguir oyéndola".

Colgó el teléfono y le salieron siete lágrimas por los ojos mientras jugaba con la horquilla en su pelo, -esa que tiene una libélula morada-.