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domingo, 7 de julio de 2013

La restauración

El corazón de vidrio soplado apareció estrellado en piso, con el agua de nuestras lágrimas escurridas alrededor.

Días antes de dármelo dijiste que el mío se ahogaba en un llanto mudo. Habíamos hablado sin parar hasta bien entrada la noche. Bebimos un Nebbiolo de una casa bajacaliforniana que se llama Nubes y me dijiste cuando atardecía que tenía ojos de caimán.

Me reí, no eran mis ojos los que veías, eran los tuyos.

Nos veíamos como espejos uno del otro, queriendo meternos en los sentimientos ajenos y cruzarlos hacia el cuerpo contrario con cada sorbo de vino rodeados de las chispas mágicas de veladoras e inciensos que habíamos comprado por la mañana en el mercado. Deseábamos sin saberlo, palabras, sentimientos y pensamientos del otro para hacerlos nuestros. Decías alguna palabra y deseaba que hubiera salido de mi boca, te retrataba con las manos alguna imágen y tu la querías para guardar en tu memoria.

Y después de muchas palabras habladas y otras no dichas pero adivinadas, me fuí a dormir borracha de lágrimas y con Nubes en la cabeza y tu saliste a la lluvia. Regresaste en algún momento de la madrugada empapado y te metiste desnudo y frió en la cama para abrazarnos como espejos que somos, sin necesidad de hacer el amor o tener ese sexo etereo que explota y libera todas esas lágrimas nunca antes lloradas en un orgasmo que mata por algunos segundos para resucitar en una paz llena de estrellas.

La nueva historia que se me tejió sin darme cuenta en la cabeza después de encontrarme con los añicos de vidrio rojo, se llama "restauración", y no sé si es por la película que vi hace unas horas, por el vino que tomé anoche o  por la manipulación que esa mujer hizo en mi plexo solar hace menos de una semana, o tal vez por las nubes tan bien dibujadas e inasibles que han rodeado como murallas mi ciudad para esconder la exhalación del volcán que no quiere explotar.

Me restauro hoy domingo con Merlina a mis pies en un ronroneo que me ha durado tres años constantes. Me restauro en un domingo 7, el número favorito del yang de mi yin que perdí cuando me tocaron el manipura chackra.

Me restauré ayer cuando sonó el timbre de la puerta anunciando que habías llegado para llevarme con rumbo desconocido a hablarnos de nuestras dudas y tristezas. De nuestros miedos, y de nuestras ilusiones. Nos hicimos confesiones a medias y me absolviste de pecados por cometer mientras yo rezaba rosarios inexistentes sin culpa alguna en una sonrisa a medio dibujar llena de satisfacción en forma de pecado original.

Me recordabas, como siempre lo haces, a mis trece o catorce años cuando me dabas lecciones de vida tomando una taza de café y yo te miraba detrás de mis ojos de caimán recién nacido tratando de absorber cada palabra que decías y medir cada movimiento que hacías. Estaba enamorada como me pude enamorar a los catorce o quince o dieciséis con música de Styx y Asia de fondo. Por eso, no te lo dije anoche, veía Remington Steele, porque tal vez era la forma mas abstracta y perfecta en la que podía tenerte como se sueña a los catorce y sus meses mas o meses menos. 

Me restauraste ayer sin saberlo tu, sin decirtelo yo, porque en los últimos tiempos has estado presente para darme un empujón sin siquiera rozarme en el camino que decidí tomar. Te dije, sin decírtelo a ti con nombre y apellidos, que las personas aparecen y desaparecen con motivos mas importantes de lo que nunca creemos o creímos cuando ya se fueron o las dejamos ir. Como tu y tu mujer de lunas llenas, o como yo y la decisión de soltar a ese hombre que me amó en el destiempo de cada día 7 de muchos meses.

Y después te fuiste a Chinchorro y yo me fuí a Chuburná donde me senté frente a mi playa, hasta que salió la Sirena de las espirales para cantarle una canción de cuna a mi ātman 

       -hasta qué me quedé profundamente dormida-

Y tuve ese sueño...

-ese de encontrarme en un bosque de niebla en Veracruz con todos los espejos donde no me he mirado-.

Lágrimas secas





viernes, 28 de junio de 2013

A la vuelta de la esquina

No le doy aparentemente mucha importancia al asunto, pero sé que a la vuelta de la esquina me toparé contigo.

No sé si será hoy o mañana o nunca. Tal vez en otra vida. Tal vez nos topemos, nos echemos una miradita intensa y medianamente seductora y nos sigamos de largo. O tal vez ya fuimos un nosotros hace unos años y ya no exista mas allá contigo ni con nadie.

O.

Tal vez estás detrás de mi horizonte. O al pie de una montaña que no veo. O en medio de un lago pescando. Caminando en una ciudad medieval. O viajando por Africa. En otro trópico, o en las Islas Sandwich que descubrí el otro día cuando me compré un globo terráqueo y le daba vueltas sin parar sentada en flor de loto en mi cama con Merlina como testigo mudo y a veces maullante.

Tal vez estuviste junto a mi en la sala de cine hace un mes, o estarás mañana comiendo sushi en la mesa de junto.

O.

Tal vez vives en mi y me aferro a que mi futuro tiene que ser en la cama durmiendo con alguien de carne y hueso, cuando nunca has respirado ni cerquita de mi.

Es decir,

Seguramente no existes y yo te invento a cada mañana con mi amanecer.

Y entonces.

Me convenzo cada anochecer que no habitas mas que en algún lugar de mi globo terráqueo a centímetros de mi alma.

Te veo

domingo, 2 de junio de 2013

Los azahares de mis destinos

Saqué de la cajuela del coche mis dos bolsas y me encaminé a la casa, respirando un olor a flores que parecía huele de noche, mezclado con azahar y con lluvia del día anterior retenida al medio día del sábado. Me sabía sola y como tal me proclamé la "tía solterona" del fin de semana...rodeada de cuatro niñas y sus madres que no eran mis hermanas aunque sí mis amigas...tan amigas que nos conocemos secretos tan profundos como indecibles e irrepetibles.

Los ruidos y el calor comenzaron a abrumar letalmente mis sentidos mientras me desvestía para ir a la alberca de la hacienda, y así lo hicimos segundos después,  cerveza helada en mano y con vidas por deshacer y rehacer hasta que de pronto me dí cuenta desde la hamaca que el sol se ponía y las cigarras comenzaban a vibrar desgarrando el atardecer en un solo timbre largó e infinito. Me envolví para qué los mosquitos no acabarán con mi sangre y me quede viendo la hoja de un solo árbol tratando de recordarme unos días antes, tres semanas antes, hace seis meses, y hace dos años, desconociendo por completo a la que tenía estas piernas y brazos, reconociendo a la que se tocaba las arrugas del ojo izquierdo sintiendo sendos surcos donde se podrían sembrar hectáreas de lo que fuera de tan profundos. Me toque el pelo y desprendió olor a lavanda y me di cuenta que se me pintaba de ese color. Crucé las piernas y me envolví los deseos que creí perdidos mientras el sol agonizaba a mi derecha.

Por flashazos como de escena de Bollywood o de Hollywood, - esa típica toma donde ves el último minuto de tu vida recorriendo el túnel blanco para ir al cielo o al infierno-, me vi junto con los personajes y escenas de mi propia película: Sirenas, la Gitana, mi amigo resucitado, la gran Viuda, mi amigo que muere esperando que le llegue la Primavera, mis amantes y enamorados, mis desamores, los que me quieren, el que me aborrece, mi amiga muerta, mi amiga la que casi murió, cárceles y hospitales, bosques y mares, una hacienda a pie de carretera, otra también a pie de carretera pero al sur de la primera, una angustia y muchas alegrías, unos dolores y una lágrima atorada, un infinito maltrecho y un universo a flor de piel, dos gotas de plata cuajadas, y tres vasos de vino, un sushi en Nueva York y un camarón con chile bajo una palapa en Pie de la Cuesta. Un recorrido en el mar de Yucatán y un Norte en Chuburná. Un manantial en el corazón de la Selva Lacandona donde sí cierro los ojos puedo sentir el agua y peces mordiéndome las piernas. Una salina en el Mar de Cortés y un futuro cercano de nuevo en ese mismo mar junto con una ballena y dos mantarrayas.

Y de repente...

Por azares del destino, me tropiezo con letras con las que la Gran Viuda me describió hace dos años...

Y siento que por azares del destino, esa persona no existe más en mi, y entonces me siento morir un poco de nostalgia y de melancolía mientras inhalo profundo y me doy cuenta que mi aire huele a azahares, rosas y a casablancas y una voz se me mete por el caracol del oído y me susurra que soy la misma, igualita, feliz y renaciendo cada día de las cenizas, pero distraída en otras ocupaciones mientras resuelvo cosas que parecían rotas y que no lo estaban...eran simples mentiras del destino jugando con mi presente. 

domingo, 7 de abril de 2013

No me avisaste

En diez minutos estaríamos tomando un vermuth, eso dijiste hace casi cuarenta y ocho horas.
Hace ciento veinte horas desayunabamos café, -tu un latte con expreso doble-, yo un descafeinado. Un pan dulce que te dije estaba buenísimo. Tu me preguntabas por qué no me dedicaba a la fotografía profesional. Yo te contestaba que no mientras liabas un cigarro con tabaco mentolado.

Recordé que tomaste una foto de mi mano con anillo de plata cuando tomaba la segunda taza de café... ¿te acuerdas que la pedí tres veces y tu dos mas? ¿y que la mesera no la traía y que tenía prisa por irme?

Te dejé en el banco mientras quedábamos dos horas después que irías a verme al trabajo, pero las horas se te fueron tramitando una tarjeta de crédito y a mi no se como.

Me escribiste hace setenta y dos horas para decirme que quedábamos hoy para cenar.

Me escribiste hace treinta y seis horas y te contesté que si.

Y hace menos de veinticuatro horas, te moriste.

Amaneciste muerto, o te moriste amaneciendo, ya no quise preguntar.

Solo sé que nos quedamos con la plática pendiente de terminar, ¿te acuerdas?

Y te moriste.

Y no me avisaste.

Pensé que cuando caminábamos junto a la iglesia, y hablábamos de ese infarto que te dió en Nueva York, no pensabas tu, ni yo, que el domingo te ibas a morir, porque de haberlo sabido,  no me hubiera quedado  con la pregunta en la punta de la lengua.

"Raúl, ¿me puedes tomar una foto tan bonita como las que tomas a todas las personas que encierras en tu lente?"


En todos nuestros tiempos

El rayo de sol fue subiendo y desvaneciendose por encima de la sombrilla. Iba por el segundo café y la cuarta probada al pan de dátil con naranja mientras esperaba.  De vez en cuando levantaba la vista del libro para ver si venías o me largaba de una vez cuando miré sin ver a la gente que pasaba.

Y ví a esta pareja que caminaba arreglada como con rumbo y ganas de rezar o visitar a alguien cercano. Elegantes, impecables, ausentes de ellos mismos imaginé que irían a misa en Santa Catarina, y mientras, observé a las demás personas que venían de correr, o iban por el periódico o por el pan, o al lugar donde estaba yo sentada a tomarse un café también. 

Regresé los ojos al libro y el cuerpo al calor del rayo de sol que ya no estaba para saber que me quedaría sin desayunar allí y después de dos capítulos y un rato más de café tibio en la taza, pedí la cuenta empezando a sentir que la tranquilidad con la que había llegado desaparecía y se me escurría por las orillas de la falda que me había puesto para este domingo.

Decidí levantarme sin dar explicación a mis sentidos para girar en la calle por donde había llegado y darme cuenta que esa pareja, -casi cuarenta años mayor que yo-, venía ya de regreso e iba tres metros adelante de mi.  Respiré y solté un suspiro que me pareció el bufido de un toro de lidia porque estaba tan enojada como lo contenta que había estado y desaceleré mis pasos antes de rebasarlos porque noté algo extraño en el hombre al tiempo en que en la siguiente esquina ella daba la vuelta a la izquierda y casi sin mirarse tomaban caminos diferentes.

El camino que él tomó era el camino que yo iba a seguir, pero él no lo sabía.

El no sabía siquiera que yo venía detrás, pisandole los pasos que acababa de dar.

El no sabía que él sabe de mi, y que yo sé de él.

Él eras tú, en un tiempo que aún no ha llegado.

El corazón se me salía del pecho y pensé que tal vez podría escucharlo y voltear para buscar de dónde venían esos ansiosos tambores de guerra. Cada paso era uno tuyo, cada mirada a la izquierda o la derecha eran tus ojos viendo caminos posibles. Los brazos no los movía con los pasos, así como tu caminas, los puños medio cerrados, como los tienes tu a veces, los pasos con pequeños saltos como tu los caminas, como si quisieras ser un niño ligero y feliz porque tal vez no lo fuiste. El cuerpo exactamente igual, una delgadez fuerte y atrayente, atrayente a mi. Como un yin yang.

La esencia de ese hombre era la tuya. Es la tuya. Eran el mismo y me parecía que era un fantasma y que no había nadie caminando a unos pasos de mi. Que mis ojos lo estaban inventando todo detrás de mis lentes de sol. Pensaba que eras tu en otra dimensión. Sentía...sentía algo que me hacía querer huír de esa banqueta pero los pies no me dejaban parar los pasos detrás de los tuyos.

Y por un momento, no supe en qué tiempo estaba caminando, no podía entender que era un domingo de abril por la mañana con mis aún cuarenta y dos años, porque al mismo tiempo sentía que ese eras tu dentro de treinta años y el fantasma era yo comiéndose tus pasos.

Quise alcanzarte, pero no lo hice. Y tu, como hace treinta años, no sabías que tenías que voltear para encontrarme.

Tal como pasa hoy, un domingo de abril, del año dos mil trece.

Tu papá

sábado, 16 de marzo de 2013

XV

Hoy, sin saberlo, hace quince años por última vez me hice madre, y es algo que suena y puede ser tan normal, que no lo es. Hoy, hace quince años parí con dolor por última vez en esta mi única vida, y sin saberlo, acabaría mi misión de traer mas vidas a este mundo.

Hoy, hace quince años me diste el conocimiento y me diste el amor que solo yo, -y no todas las mujeres que somos madres sabemos y sentimos por única vez en nuestras vidas- puedo entender y sentir.

Ese instante, en el que dejaste de dolerme para salir de mi cuerpo nadie lo ha sentido mas que yo, y nadie puede recordarlo y añorarlo mas que yo. Hoy, hace quince años me hiciste tan mujer que me volviste diosa en la tierra, y eso solo yo lo puedo vivir una y otra vez, ni siquiera tu que habitaste mi cuerpo por última vez como nadie hace quince años.

Y te me vienes como remolino cada día, como ese chino rebelde que tienes en el pelo con el que siempre me encantas enroscandolo en mis dedos sin parar cada día. Te me vienes como hombre que eres hoy rebasandome en tamaño en forma y en sabiduría donde quepo en ti como una vez en un tiempo que duró nueve meses tu cupiste en forma perfecta dentro de mi, donde te alimentaste de mi sangre y de mi voz por seis mil cuatrocientas horas cuando nos hablábamos en un lenguaje desconocido para todos excepto para nosotros, donde nos amamos y comenzamos dos vidas tan ajenas pero tan cercanas en donde solo un Dios que no tiene nombre podía intervenir como moderador en diálogos de amor que nos consumían en estrellas y espirales eternas.

Y hoy me atrapa una nostalgia con ese recuerdo que me quiere estallar en recuerdos que atrapo y me guardo de nuevo en el cuerpo para que nunca te me vayas, como en ninguna historia jamás escrita, jamás imaginada, jamás contada.


JI



miércoles, 13 de febrero de 2013

Sueño en las pestañas

Acostada en el cubículo cinco, el de todas las mañanas, escuchaba a la señora Sanjuana hablar en voz baja y constante con el hijo que la acompaña los martes.

A lo lejos, -que en realidad es a la altura del cubículo cuatro-, Nax imponía movimientos a Dalila para que moviera el brazo izquierdo que le había paralizado el infarto cerebral de hace unos meses. Ana doblaba toallas y acomodaba los ultrasonidos o las lamparas de luz mientras ponía la música de todas las mañanas que parecían iguales unas a las otras. Las mismas mujeres allí, los mismos movimientos, las mismas circunstancias y tan diferentes historias.

Y así estaba Sanjuana y sus casi ochenta años llenos de artritis en un monólogo constante y rítmico que solo escuchaba el hijo de los martes porque ni a mi ni a nadie nos interesaba escuchar, hasta que dijo eso que parecío gritar, eso que se coló por el techo de los cubículos hasta aterrizar en mi camilla:

"tengo el sueño en las pestañas"

Por un momento me pareció que me lo había dicho justo en la oreja para que se me metiera directo a la conciencia.
Que me lo había dicho solamente a mi.
Y después estuve segura que así había sido.

Yo también tenía sueño en las pestañas, pero también telarañas en las pupilas, madejas enredadas en el iris del ojo derecho, y basuritas en el izquierdo.  Varias noches en las que duermo pero no descanso, en las que anoto y desanoto la lista de lo que quiero y lo que no tengo pero no miro lo que tengo al alcance. Lo que deseo y lo que he dejado ir.  Lo que me quema de ansias por tocar y lo que dejé de mirar hace siglos.

Y también tenía enojo en las pestañas, y ganas de golpear en la punta de los dedos.  Y quería gritarte y mentarme la madre y también deseaba aborrecernos.

Y simplemente, quería seguir enojándome. Quería estar furiosa.

Y en la tarde te lo conté, a ti, mientras la silla de madera se mecía con los rayos de sol y me miraba con media sonrisa diciéndome cosas que no entendía.  Y después el enojo se hizo intolerable y se disfrazó de seriedad. Y la rabia se volvió indiferencia. Y el tiempo se volvió largo y lento. Y me dí cuenta que estoy en una pausa que me desquicia y me pone frenética.

Pensé que seguramente sería un trance hormonal, y pensé en dormir para quitarme el sueño de las pestañas y las marañas en el alma. Y quise recordar esos tiempos en los que era niña, y aquellos en los que fuí madre, también en los que he estado enamorada, en los que he sido tan feliz como enojada estoy. Y si que los recordé, y si dormí, y si soñé con las pupilas y las pestañas.

Soñé a la mecedora con sus rayos de sol y su baile lento y cadencioso sobre el suelo, sentí esos amores y desamores que me llevan a una sonrisa que suspira con aroma dulce, con sabor a chocolate.

Soñé que me decías lo que siempre has tenido que decirme.

Soñé que me voy a ir al mar para morirme como una sirena vieja y feliz, mientras veo esa puesta de sol que nunca he imaginado siquiera.

No sé si contigo, o con él, o con aquel, o con nadie o con todos y todas.

Solo sé que esa puesta de sol será memorable.

La silla de ayer

jueves, 3 de enero de 2013

Nuevo

Es nuevo esto de la ausencia confirmada y sabida. Bien pensada, analizada a detalle y deshecha hasta lo mas profundo.

Si, -lo pensé muy bien-, tal como dijiste, pero la realidad es que lo he venido pensando desde el día aquel en que nos reencontramos. Siempre lo supe, y bien distinto era no quererlo confirmar, no querer sacarlo del cerebelo para ponermelo en la boca con ese punto final.

Y así pasaron alrededor de diecisiete meses en los que puse todo mi empeño en no desintegrar todo lo que hubo y lo que hay. Tomaba decisiones a medias, sin ganas, sin ese atrevimiento total que se desprende de la lengua cuando te sale ese "ya llegó el final" radical y absoluto.

Ese que es como el último cigarro que me fumé una vez. Ese que me atacó un lunes caminando por el centro de mi ciudad un anoche de lunes dando taconazos seguros y absolutos en el que decidí que ya no quería vivir esa vida que vivía hace ya mas de tres años y del que nunca me he arrepentido por un segundo.

Y se me acomoda un dolor pacífico que sacudo dulcemente con un plumero rosa para voltear la cara de todos los espacios que tienen tu recuerdo mientras me instalo una sonrisa en la boca que pronuncia tu nombre en silencio.

Porque dentro de poco, solo nos quedará el nombre del otro en los labios, tragándonoslo en las noches para dormir sin soñarnos nunca mas.

Pero...

Tu lo sabías, siempre lo supiste, al igual que yo. Y ahora, no nos queda mas que tener nuestros nombres sostenidos en el recuerdo de la punta de nuestras lenguas en el último beso que nos dimos.

Tu en mi sonrisa

domingo, 30 de diciembre de 2012

Y así

Y así, sin mas, me dejaste ir.

Y así, sin mas, me fuí.

Sin voltear atrás. Sin decirte que era el último beso que nos daríamos. Sin decirte que no habrá otra oportunidad, -hemos tenido dos-, la tercera sería como otro meteorito cayendo en Yucatán.

Y así, sin más, abrí la puerta, entré, me senté en el sillón naranja y me quité los zapatos, y pasó el día, la tarde y la noche.

Y en la noche me desperté tres o cuatro o cinco veces, y supe, porque lo sentí, que tu estabas despierto. Supe que siempre esperaste que diera el golpe final, el KO, esperabas y exprimías hasta el último segundo, pero incluso en el último segundo sabías que había muchas posibilidades para que me arrepintiera y no tuviera el valor de darme la vuelta y no girar la cara para echarte el último vistazo como el cursi de cualquier película de Hollywood.

Y así, sin mas, dejé de decirte muchas cosas a cambio de repetirte otras miles. Un día dejé de soñar contigo para no dejar de soñarte los últimos diez días religiosamente, incluso anoche, entre verdad y sueño, tu me despertaste al menos dos veces, sabiendo que si abría la boca para decirte algo, sería un arrepentimiento y volver a entrar en el círculo vicioso que me tenía empantadada.

Tal vez por eso, estos últimos días, así sin más, decidí que mi Selva sería ahora el Mar, -pero el mar de Yucatán-, esa mi Punta Cometa que nunca conocí pero ahora descubrí, esa que siempre he buscado y que no tiene mas que aire que el que viene a cada ola.

Y así, sin mas, me di cuenta, que la simpleza de un gran futuro se respira con aire que huele a sal y que canta con la voz de Armando Manzanero.  Así sin mas el gran futuro tiene tu recuerdo y el mío enlazados en nuestras lenguas con ese último beso acelerado porque tenías prisa cuando yo nunca la tengo, en ese inevitable yin yang que siempre nos atrapó.

Y así, sin mas...sola, pero caminando en espirales de nuevo, no dando vueltas dentro de un círculo, atorada hasta las entrañas de ti y en ti...

-lo cual no significa que me arrepienta un solo segundo de todo y de nada, mi cielo-

Cielo con Norte, Yucatán





sábado, 29 de diciembre de 2012

Saliendo del círculo

Y me fuí hincando con parsimonía.

Hice click al seguro, y abrí lentamente la caja de contenidos tan ajenos a mi. Tenía que apoderarme de ellos, así como tenía que abandonarme de ti. Toqué rozando lo que había dentro, era frío, masculino, despiadado, asesino, mortal, tan ajeno a mi, a mi ser, a mi sentir, y sin pensarlo, como también sin entenderlo, cerré la caja azotándola con un golpe medio intencionado.

Todos mis movimientos han sido lentos el día de hoy. Quiero sentirlos, ingerirlos y digerirlos. Quiero acabarte en un mes que termina con un año.  Quiero razonarme en un día que comenzó temprano cuando me vestí para tí de dentro hacia afuera. Como si fueramos a hacer el amor aunque claramente te había dicho que no quería hacerlo. Aunque claramente desde dentro moría de ganas de hacértelo, de sentirme en ti desde los ojos hasta la punta de los pies, como siempre, desde siempre, hasta siempre.

Y sin querer, sin planear, sin pensar (mas que lo pensado en círculos durante una eternidad), sabía que el fin real, sería este, el de hoy, el de un parsimonioso día veintinueve de un mes último de un año que desde que comenzó hace casi doce meses, quería que terminara...

Y sin querer, de tajo, cerré lo que pensé, lo que sigo pensando -que no podré cerrar-, mientras hablábamos alrededor de esa mesa redonda, en ese sillón anaranjado, con ese té que sorbía como si tuviera doce años como me lo dijiste riéndote con esa risa que me desarma, -la edad en la que te tropezaste en mi vida-, y alrededor de tu chocolate caliente, que a tus cuarenta y ocho, tomabas nerviosamente como si tuvieras...tus mismos cuarenta y ocho...que a veces me parecían ochenta y ocho, y otras dieciocho

...pero cuando bailábamos...ahí me parecías de treinta y ocho y no quería soltarte para que no te me escaparas, y cuando hacíamos el amor, me parecías de veintiocho, y cuando nos reíamos, me parecías de ocho.

Y hoy, me parecías más de cuarenta y ocho que siempre...

Y yo, que no podía decirte las cosas, parecía de nueve, y me removía en el sillón, sin atreverme a dar ese paso, que -hoy-, sabía a ciencia cierta que sería el final de nuestras vidas.

Salir del círculo que un día me pinté alrededor del cuerpo...era como un hula hop, como una crinolina de vestido de boda que siempre traía puesta pero sin el vestido, como un anillo de Saturno aunque yo parecía Marte y me creía Venus, como una dona enorme de chocolate, de esas donas que nunca me han gustado aunque el chocolate me fascine, como un plato de porcelana chino sobre el cual estaba parada y del que algún gigante me comería, o como un aro de fuego del circo que no me atrevía a saltar montando algún tigre a menos que fuera del Cirque du Soleil...

Y mientras me hincaba frente a esa caja negra, tenía tanta nostalgia de tí, que me sentía como de cuatro años y extrañas a tu mamá que salió de viaje a la playa porque como Sirena que es se tiene que mojar las escamas de vez en vez...

Por eso decidí cerrar esa caja tan masculina, tan "marca Truper", tan llena de martillos, clavos, tornillos, y cosas que no entiendo y dejarte allí dentro, con el seguro puesto, mientras me miraba las uñas de color rosa que me había pintado rápidamente antes de verte hoy. Mientras se me resbalaba el pelo de la trenza que me hice después de peinarme también para ti hoy, mientras veía mis crocs rosas, esos que irremediablemente quisieras cambiarme y que nunca hubieras podido porque yo jamás lo hubiera permitido.

Y con parsimonia, acaricié la caja con mis uñas rosadas y pensé que así se debe sentir cuando alguien se te muere, alguien a quien nunca mas vas a ver...alguien a quien amaste tanto que diste todo lo que quisiste dar, alguien a quien adoraste con cada centímetro de piel, como lo que te adoro con cada centímetro de mis cuarenta y dos años de piel tatuada con mi alma y mi verdad, la mas pura, esa que te entregué.

Mi caja de herramientas