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jueves, 24 de marzo de 2016

Eli

Eli se murió hace dos semanas, de esas muertes inexplicables: 24 años, deportista, interesada por las causas perdidas, los animales indefensos y el vegetarianismo.
Un día, llegó a Tulúm, en su cabaña había un zorro, le rasguñó la cara y de paso le sembró rabia. No hubo nada que hacer, no hubo vacuna pero si un coma inducido del que no despertó  semanas después.

Y mientras me platicaban la historia de Eli, pensaba que justo ayer contigo hablaba de la muerte. Tu decías que yo te iba a enterrar, yo te decía que no, que no soporto la idea de los tres metros bajo tierra aunque esté muerta y tu muerto. El solo pensarlo me abruma y me pone claustrofóbica. Me pone mal. Tal como me has puesto estos días.

En un lugar en Acapulco, en el fondo de alguna bahía de ese mar, está la Vírgen de Guadalupe. Mi amigo Luis, que es cura y además Monseñor me dijo que las autoridades ya prohibieron que la gente vaya y le eche a la Virgencita las cenizas de sus muertos.  Resulta que ya hay muchos muertos nadado en ese lugar, y que los muertos, aunque hayan ya cumplido esa parte de "polvo eres y en polvo te convertirás"  y pienses que son orgánicos y biodegradables, contaminan los mares.

Quién lo iba a decir.

Y entonces me platicó una de las ideas mas locas que he escuchado: que quieren hacer un acuario con urnas dentro del mar donde van a copiar a la Virgencita para que la gente ponga a sus muertitos allí.
Y me dijo Luis: "la gente necesita tener ese sentido de permanencia, de trascendencia, de pertenencia", lo que traducí como que tus muertos sepan que los vas a ir a ver a un lugar, que tus nietos aunque no los visiten nunca sepan que están allí, que sepan los muertos y sus vivos que van a tener ciertas coordenadas específicas y eternas en un pedazo de mar, o de tierra, o de aire.

Y yo pensaba que cuando me muriera quería que me pusieran en el mar. Que me aventaran. Y tu pensabas que querías estar con tus hijos en ese cuadrito de cemento en esa iglesiota. Y después te dije que me daba igual, que yo te iba a aventar en la Playa Balandra, a lo que me contestaste que nada de aventar...que se decía "depositar".

El punto de trascendencia de esta historia, es que el otro día me mataste viva, estaba muy feliz contandole historias a Merlina y a Molly Bloom cuando me llegaste por la espalda, sin previo aviso, y no fué para abrazarme como muchas veces lo haces: que pasas tus manos por encima de mi ombligo y pones la boca en mi cuello dándome unos besos que acaban en mordiditas mientras me abrazas fuertísimo.

No.

Llegaste por detrás, como cuando estoy lavando los trastes a veces, y sacaste del escurridor el cuchillo azul, ese que tiene una funda muy moderna y me metiste la punta por el ombligo, ahi donde estaba conectada a mi mamá antes de nacer, metiste la punta muy rápido, y la desviaste hacia el higado y después hacia el corazón.

A mi, ni tiempo me dió de quitarme la sonrisa que me había salido porque pensaba que de ese abrazo  seguramente acabarías haciéndome el amor.  Se me quedó congelada la sonrisa, que después se me convirtió en carcajada cuando me acordé que querías que a tu velorio fuera vestida de negro de pies a cabeza, con medias de encaje y tacones de aguja, las uñas pintadas de rojo y el escote tan escandaloso como se pudiera dentro del recato de tu velorio.

Pero esa carcajada me dolía, me sigue doliendo, me duele a mitad de la panza desde donde me salió la risa, me duele atras del costillar, me duele en el plexo solar, y me ha tenido en insomnio absoluto por dos noches.

La piel se me emepezó a transparentar, y seguramente por eso me viste mas pecas de las que tengo, el cuello se me está descamando como sirena fuera del agua, el ombligo se me abrió y de forma inútil quiero conectarlo a mi mamá de nuevo para que me abrace y me consuele como lo ha hecho siempre.

Este dolor es como las rosas rojas que me regalaste y que puse en el florero de mi semanario, que llevan una semana ahí chupándose el agua del florero de cristal cortado que me regaló mi mamá un día, nomás porque si. Este dolor quiere chupar el agua del florero, evaporarla y condensarla de nuevo de tanto que llora, se rehusa a morir recien estrenada esta Primavera que tiene las hojas marchitas y oxidadas.

Este dolor me está matando, porque la cuchillada me la diste sin la menor provocación, en el mejor momento de nuestras vidas.


Rosas muertas

miércoles, 21 de mayo de 2014

Atada

Durante días he tratado de encontrar el punto común entre la realidad alucinante de mis días y la imaginación desbordada que me ataca por las noches disfrazada de sueños inútiles donde los protagonistas nunca llegan a firmar contratos o a hacer juramentos de sangre o promesas de boy scouts.

Nadé el Mar de Cortés con ropa que no me pesaba: un saco azul, pantalones beige y blusa azul cielo. Me aventé al mar sin temor alguno, sabiendo que podría nadar kilómetros porque aparecías nadando a mi lado. Incluso traía colgada a la espalda la back pack que usé el fin de semana con la manzana que no comí, con plumines de Office Max, con un bloqueador solar y una cachucha. 

Lo que me pesaba eran los pies, se hundían. Tenía puestos mis tenis adidas adizero rosa fuerte, que no pesan nada, pero el asunto no era la ropa, ni la back pack. El punto era que las rodillas se me venían abajo, -pese a todo no me hundía-, podía seguir nadando, por horas, lo sabía, te veía a cada brazada nadando perfecta y agilmente a mi lado, y te alcanzaba con todo el equipaje que traía -traigo- encima de mi...con todo y las piernas inutilizadas.

Antenoche me hablan de un nuevo cuadro en mi vida, que me vienen a pintar sin que haya pedido. Me ponen el caballete frente y me dan los pormenores de mis próximos meses con pincelazos absurdos, abstractos.
Y me quedo callada, tratando de escapar hacia mis sueños, hacia mi plan de vida, el que me hice hace muchos meses.  Asiento con la cabeza, con lágrimas rodandome saladas e hirvientes por la cara. Con una punzada terrible en el corazón que me abarca todo el cuerpo, y siento que alguien me abrocha grilletes a los pies.

No puedo caminar mis pasos más. Tengo que caminar los del destino que me pusieron hace dos noches. Los tengo que caminar sola. Las lágrimas se me secan en el día pero las lloro en las noches, la fuerza la tengo extinta en el alma. La sonrisa se me heló, los dedos y brazos se me entumieron como las pocas veces que me he asustado en la vida.

Y entonces até cabos, uní los puntos de mis historias, de mis palabras, de mis respiros.

El sueño era el futuro.

Me pesan tanto los pies por los grilletes que me ataron antenoche.

Grilletes

viernes, 14 de febrero de 2014

Una lágrima

Hace mil y una noches, dejé mi cuerpo hecho un ovillo junto al tuyo y mi fantasma se desdobló en un vuelo lento y suave al sillón de tu estudio.  Me senté en el love seat con las piernas, etéreas, dobladas debajo de mi y mi cara viendo hacia el sillón donde te sientas algunas veces, donde me leías, desde donde me hablabas, desde donde nos mirábamos, solo que estaba vacío de ti porque estabas ocupado en la cama abrazándonos y entonces yo no tenía con quien hablar, así que dí la vuelta viendo el piano, tu computadora, el atril, los cientos de libros y miles de discos, hasta que tus violines me sonrieron.

Me levanté apenas poniendo esfuerzo en un vuelo que me llevó a mirarlos bien de cerca, -tal como quise hacerlo siempre que estuve allí, pero me imponía tu presencia como dueño de ambos y conocedor de cada milímetro de esas maderas por encima de mi ignorancia ante esos temas-, y entonces me acerqué aún más, y me encontré respirando tan cerca de ellos que mis pestañas acariciaban las cuerdas y mi aliento hacía vahos sobre sus barnices mientras mi boca apenas tocaba la curva del oído de uno de ellos. La punta de mi lengua quiso saborear sus volutas y así descubrí la esencia de tus dedos impregnada por todas las veces que las has tocado.

Los estudié descaradamente hasta que me atreví a acariciarlos con las puntas de los dedos y en un segundo ya los tenía fuera de su estuche, sentandome en el suelo en flor de loto con ellos en mis muslos.  Los arcos no se quedaron atrás: estaban tejiendome en el pelo un chongo oriental, como esos que se hacen las geishas con palitos lacados, pero también aprovechaban para deslizarse en la curva de mi espalda, con sus crines tan tensas contra mis vértebras tan inasibles.

Con solo tocarlos y dejar que me tocaran, me aprendí sus historias. Por separado me contaban su versión de tu historia. Yo cerré los ojos y me dejé llevar sin pensar porque decidieron darme un concierto tocado por tus manos en muchas épocas de tu vida. De todas tus vidas.

Ellos eran todas tus mujeres, ellos eran una lágrima hecha madera. Una sola. Una lágrima que nunca lloras porque aunque nunca me lo has dicho, sé que no entra en tu partitura de vida derramar lágrimas ni de alegría ni de tristeza.  Eran tu infancia robada, eran tu alegría al ser padre, eran tu lucha contra ellos mismos y tu placer en ellos cada vez que rasgas sus cuerdas, cada vez que entran en ese espacio cóncavo-convexo de la suavidad dulce de tu cuello y de su fuerte barriga de madera. Eran un trozo de arce que recorrió caminos fríos en su concepción, líneas de vida de manos de mujeres que los labraron, porque curiosamente, -cosa que no sabes tu pero que a mi me confesaron-, fueron lauderas quienes los concibieron. Eran diosas y mujeres que con dedos prestos injertaban un alma en tu música desde entonces. Eran mujeres felices, que reían todo el tiempo mientras tallaban partituras y cantaban las notas que arrancarías en cuerdas de oro en esos violines. Eran mujeres melancolicas de tu música por anticipado. Admiradoras tuyas antes que nacieras, -y no se equivocaron-.

Recorrieron caminos tropicales después para llegar a tus hábiles manos, esas que acariciaban mi cuerpo en ese momento al otro lado del apartamento. Te acompañan cada noche, invisibles y con olor a jazmines, al quedarte dormido y durante esa duermevela donde sientes que los tocas aún.  Intentan dormir cada luna cuando lo único que quieren es arrancarte sonrisas mudas, silencios alegres y carcajadas furiosas y exaltadas.

Te miman, te seducen, te halagan, solo desean como ninfómanas de ti que tus manos les recorran, que tus ojos les miren, que tu deseo se apodere de sus cuerdas hasta hacerlas llegar a ese climax profundo e inerte que desvela a todas las almas.

Me contaron que son una sola lagrima.

-La que soltó tu madre cuando te parió, la que te lloró tu hija un día con aquella discusión inútil, la que lloró tu primera esposa cuando cortó la vida que le nacía, la que lloró tu abuela cuando vió tus ojos de color tan perfecto, la de varias enamoradas que se quedaron sin tus querencias, y la útima, la que te lloré hace unos días extrañando tus historias y por sabernos perdidos en los mares de Cortés, alejados de nuestro pasado, tan cercano como hoy, tan lejano como mañana donde no estaremos, -donde  quisimos estar-.

Y abriendo los ojos mientras me salía una sola lágrima que cayó sobre el violín de Porfirio Díaz, los guardé cuidadosamente en su estuche de nuevo, y regresé a la cama contigo, y pasaste la pierna por mis caderas, en ese abrazo que tanto me gusta, y dormí, por primera vez, y tu, dormiste por primera vez, y me perdonaste lo imperdonable, y te quise más, mientras escuchaba como tocabas en tus violines el día de mañana la música mas hermosa que nadie ha escuchado jamás.

Ni siquiera Henryk Szeryng.


Los violines de Cristobal



miércoles, 12 de febrero de 2014

Fray Angelico

Hoy me vestí de negro, me enfundé las piernas con medias negras, tacones altos de aguja, me colgué una cruz de plata de filigrana al cuello, y me encaminé a la Catedral.

Me colgaba del antebrazo una pequeña bolsa cuadrada de piel, y me dí cuenta que me había puesto unos delgados guantes negros debajo de mi enorme anillo de amatista. Lentes oscuros ray-ban enmarcaban mis ojos apenas maquillados y me puse en la cabeza la mantilla de mi abuela al entrar a misa de doce.

Era la misa del Beato Angelico, el Fraile de los Artistas, el Mago del Arte, el Semidios de lo que medio hacemos para vivir.  Murmuré alguna oración olvidada mientras hacía una breve genuflexión ante los capiteles y bóvedas que se erguían frente a mi y me besé el pulgar cruzado con el índice con los labios pintados de rojo fuego entreabiertos.

Me senté cruzando las piernas sin perder de vista el péndulo que hace las veces de nivel en medio del pasillo de la nave principal mientras escuchaba al Padre Hernández Schäfler dictar un sermón a los artistas y pedía inspiración divina para seguir creando arte en todas sus modalidades con la vaga promesa de hacerlo sacro y de refilón poder obtener la gracia de entrar en las puertas de algún paraíso inimaginable.

Yo solo veía el pendulo en forma de lápiz gordo y pesado y deseaba descruzar las piernas de nuevo, y de nuevo, y de nuevo. Mis murmullos cantaban a las ballenas del Mar de Cortés oraciones entrecortadas y totalmente paganas y mi cara era tan angelical que el Padre Schäfler estaba a punto de firmarme en blanco un pase directo a formar un Cuarteto con la Santísima Trinidad.

Nos bendijeron a todos por igual, sin darse cuenta que a mi no me llegó ni una gota de agua bendita porque mis tacones ya se largaban a la Sala Capitular, con una música marcando el ritmo de mis pasos.  Y era el Whale Rising Spirit que me tocaba desde el piso y se me subía por las piernas, y se me metía al cuerpo como tu lo hiciste, y me trastocaba la epidermis, -hasta que tomé una copa de Blanco Casa Madero y brindé con el Padre Juan y hablábamos de arte, sacro y profano, rodeados de cuadros pintados con caras angelicales de cardenales, con casilleros de madera marcados con dymos con los nombres de los curas que ofician en Catedral, y así me bebí varios mililitros de Chardonnay, hasta que las ballenas me instaron a salir jalándome de la mantilla de mi abuela que ahora se me resbalaba por los hombros desnudos, y casi sin despedirme, sin mirar atrás, encaminé mis pasos al Zócalo, donde te dije:

"Cristobal, he elegido quedarme con la Sinfonía de Nuestras Ballenas en nuestro reparto de bienes. Debo decirte que ayer las escuche en youtube por horas y horas, que las pedí por Amazon hasta Japón y me llegarán en 21 días",

y claramente, desde el Palacio de Medicina, o desde Arcos de Belén, me respondiste que sí podía quedármelas.

Me puse de nuevo los lentes de sol, subí al coche, y viajé de regreso marcando en mi globo terráqueo por visitado el Perito Moreno junto contigo ese día que vimos los álbumes de fotos de tu historia.


Mi Perito Moreno



miércoles, 4 de diciembre de 2013

Las letras de tu nombre

Me trato de curar el enojo remojándolo en una botella de agua Bonafont que tengo al lado, todo para darme cuenta que necesita unas cuantas gotas de vodka o de gin para alcoholizarme en una nube entumida de frustraciones y abrumaciones que se ponen sobre mi de color negra, negrísima, con tintes violeta y morado, con rayos y truenos ensordecedores, que atrapan mi cerebro y lo engatuzan en enredos amorfos que se me meten por las fosas nasales al respirar.

Y todo empezó anoche, cuando me quise pelear con el primero que se me topara en frente, y como no resultó, aventé el plato que tenía dos brocolis, seis fusillis integrales y media rebanada de pechuga de pavo rota en pedacitos aderezado con aceite de oliva extra vírgen y sal perfumada con pimientas de colores.

Y como no resultó que el plato se haya roto dramaticamente como en una escena de película, porque en realidad solo fué un tímido empujón malhumorado, me fuí masticando dos o tres fusillis furiosa a la cama, me metí a las sábanas y seguí masticando, porque la pasta, cuando es integral, tardas tres veces mas en masticarla y tragarla...

Decidí que como no andaba de buenas, no me cepillaría los dientes con la nueva pasta "Tom's from Maine" que compré, que es orgánica y sabe muy rico, que por una noche que no la usara, no me saldrían caries. Y seguía masticando, y se me escurrían lágrimas calientes por los ojos, tan calientes que me quemaban los cachetes, pero como una vez mas, no resultaba el enojo ni las lágrimas, y porque no veía a nadie alrededor que pudiera ser receptor de palabrotas (había cerrado la puerta con un azotón y ni Merlina había alcanzado a entrar detrás de mi), decidí dejar de llorar un poco y tragarme el fusilli masticado.

Apagué la luz, me tapé bien porque había leído en algún momento que la "Comisión Nacional del Agua" pronosticaba temperaturas muy frías por la noche, y me sentí confundida pensando por qué no lo había pronosticado el Meteorológico Nacional. No me cuadraba pero estaba segura haberlo leído, y sentía el Frente Frío Número 16 colándose por las ventanas

No resultaba nada.

Me destapé y salí volando a regañar a mi hijo, regañarlo con palabras atropelladas, con el dedo índice moviéndose violentamente de arriba a abajo, señalandolo y queriéndo dispararle algo que le entrara en la razón de los sentidos de un adolescente con una madre histérica, y me sentí ridícula gritoneando palabras sin sentido a un hijo que mide casi treinta centímetros mas que yo....-debo confesar que me salí del cuerpo un momento para verme de fuera, y mi otro yo se moría de risa ante esa escena tan ridícula-, y así como empecé la gritoniza, que estaba compuesta de gritos emputados de principio a fin, así la terminé, para regresar ya no tan violentamente a la cama, con mi pijama de Hello Kitty, y dejar la puerta un poquito abierta, para ver si alguien entraba en algún momento de la noche a abrazarme...

Pero las cosas no pueden resultar así.

No recuerdo, -en verdad-, la última vez que me haya ido a dormir tan estupidamente enojada con todos, y como tal, pasé la noche, entre sueños alucinados y malhumorados que no me dejaban en paz...

Si recuerdo, cuando desperté, que apagué la alarma, decidí que no quería despertar, que no quería echar a andar el día, que no quería poner los pies sobre la duela del piso, pero tenía que hacerlo, y traté de formular las dos primeras palabras que pronuncio siempre para despertar a mi hijo...

Y no podía recordar su nombre, ni pronunciarlo, ni sacar una sola vocal de mi voz...

Tenía el nombre de mi hijo en la punta de la lengua, pero no lo podía recordar, y empecé a desesperar, y a sentir que me moría un poco...

Hasta que decidí que no podía morir enojada porque me olvidaría hasta de mi nombre...

Y grité su nombre que me salió de las entrañas.

Y brinqué de la cama para poner la cafetera y echar a andar un día en el que me aterraba olvidarme hasta de quien soy.

Fusilli integral con brotes de brócoli al dente

martes, 19 de noviembre de 2013

Inventario

Quise abrir un Excel para inventariarme los recuerdos, pero sabes que siempre he sido mala con eso, nunca entiendo las fórmulas y las sumatorias las hago con los diez dedos, cuando se me complica sacó la calculadora, pero ahora tengo el corazón dividido en celdas de un documento nuevo y las escribo en bold y con itálicas.

Hoy no hacen falta sumatorias, sólo anotaré pocas cosas, tengo que elegir de manera práctica e inteligente porque sí no me ahogaré en la sal de mis ojos así que cada celda la lleno con una sonrisa, la remarco con amarillos fluorescentes o con rojos carmín. 

Anoté la pluma ecológica que me regalaste, resté las cinco canas que me arrancaste. Multipliqué las células de la piel de tu espalda que electriza la yema de mis dedos, me cosí a los ojos visiones de ese té negro que pediste ese día y que recordamos hace un rato junto con el paisaje de esa carretera que nos deshizo la realidad por un momento.

Me tapé los pies helados y el movimiento de la cobija sacó tu olor de los recuerdos que me llegaron desde la puerta abierta siempre para ti.

¿Sabes lo que daría por poder enfrascar ese olor tan tuyo? Tal vez dejaría de viajar o de pensar en el mar si pudiera ponerle precio...o ver los partidos de tu equipo favorito...o dejar de comer chocolates, todo eso, si ese olor pudiera encerrarse por siempre. No cabría en el Excel, porque me desbordaría como lo haces siempre desde tu silencio que siempre me observa, que calla y voltea a la derecha, o que se tapa con ese comentario tan tuyo que siempre me hace reír.

Anoto en el inventario a ese gato blanco perdido que querías me llevara y le dejó la consigna a esa esquina, la del gato blanco, para que siempre que pases por allí, me pienses y siempre te acuerdes que al día siguiente regresé a buscarlo y no estaba: tu diciendo que  lo habían atropellado y yo que había encontrado su casa de nuevo.  Te pondré en un sobré  las cinco canas y te las mandaré con un timbre bien mojado con mi lengua, lenta y eróticamente, por correo para que me cosas aún más a ti, para que cada amanecer tengas que sacudirme del sueño con un millón de besos. También te dejaré metros cúbicos de agua de alguna alberca que lleve agua de azahar en vez de cloro y a cada brazada que des, quieras abrazarme desesperadamente y sin remedio dudando si alguna vez nos inventamos de tan perfecto nuestro amor.

Yo, me guardó el aire de tu olor, no en frasquitó, me lo guardo aquí junto, para que cada noche que quiera abrazarte, ese aire dibuje la forma de tu espalda perfecta y profundamente dormida, tal como mereces dormir, tal como lo hagas ahora que ya no nos despertaremos a las seis de la mañana religiosamente todos los días.

Me quedo con el seis y el nueve, que si los pones de cierta forma, hacen un infinito perfecto...

...pero ahora que lo pienso...

Dime para que hago un inventario, si más bien esto es un testamento.

Me mataste y te maté...ya no tenemos más que ese aire que no se puede embotellar que alguna vez hace unas horas, respiramos juntos, mientras nos soplábamos un último aliento en ese beso tan lento y tan lleno de ti y de mi, con nuestras lenguas tan ardientes, asesinándose para no vivir más sin vivir juntos.






Aire en nuestras aguas

sábado, 9 de noviembre de 2013

Lorenzo y Patricia

Y de repente, sin aviso, me llegó a la mente.

Era un recuerdo ya vivido. Era un silencio que me remontó a casa de mis abuelos algún fin de semana que tal vez me quedé a dormir. Era ese silencio que no es callado...donde se escucha el ruido de los coches en la avenida, donde llegaban los ruidos de la cocina donde Doña Mela seguramente preparaba lo que me gustaba: tortitas de papa, arroz blanco con verduras y pollo en pipian, oía el crujir de las escaleras, lento, en el que mi abuela con su torpeza post embolia subía arrastrando un pie y la punta del zapato siempre pegaba con el siguiente escalón y tenía que hacer un breve esfuerzo para levantarlo y así, hasta terminar toda la escalera que subí y bajé corriendo y brincando tantos años, hasta que mi abuelo murió y vendieron la casa.

Y la vendieron con ese silencio que hoy escuché, y sentí una nostalgia que me hizo abrir los ojos como platos y tratar de seguir con la clase, viendo al ventanal con el gran jardín de Lorena, lleno de luz de esta mañana tan otoñal, y con un silencio tan igual al de mis abuelos. La voz de Lorena la escuchaba lejana, y mis ojos seguían en su jardín, -manos a los lados, muslos fuertes, rodillas para arriba, estiren laterales, inhalen, y al exhalar salgan de la postura-, me sé ya de memoria su tono de voz y adivino con sus espacios entre palabras lo que sigue, y cuando me di cuenta no estaba haciendo nada de lo que ella decía. Estaba con las manos en los muslos, flor de loto, tratando de oler el recuerdo en casa de mis abuelos. La biblioteca que olía a ellos, perfumados con los libros de las paredes...de piso a techo..., con todos los adornos que teníamos prohibido tocar, con la alfombra y la tele de bulbos, con el teléfono de disco, con la máquina de escribir de mi abuela, donde me manché tantas veces los dedos de negro y rojo con la cinta Pelikan que olía tan rico.

Y ellos me parecieron más vivos que muertos.

Nunca se casaron, nunca se divorciaron de sus parejas anteriores. Siempre nos dijeron que esa foto, tamaño postal, enmarcada y descansando sobre uno de los libreros habías sido tomada el día que se casaron en la iglesia de La Profesa. Pero eso era mentira y no lo supe hasta que murieron los dos. Tal vez se las tomaron en una calle del centro, relativamente cerca a La Profesa y eso bastaba para que la mentira no fuera tan grande.

Y entonces sentí,  que pesé a todos los recuerdos absurdos, a que dormían en camas separadas, a que mi abuela dejó a la hija que tuvo con el italiano antes de mi abuelo, y que nunca volvió a ver, pese a que a mi abuelo se le murieron los dos primeros hijos que tuvo con Eva, la que no era mi abuela, pese a que no se hablaban con la hija más pequeña que los dos tuvieron juntos, a que mi abuelo no comía gelatina verde porque decía que parecía veneno para ratas, a que mi abuela cojeaba y mal caminaba pero era más que guapa, pese a todo, sé que fueron felices, y que se atrevieron a romper el esquema que la vida les había pintado sin importar haber creado una gran mentira que estaba enmarcada en el librero de esa biblioteca que hoy vi a la mitad de mi clase de yoga.

Namaste, abuelos queridos.

Mantilla de mi abuela, y su misal, hecho.por su único hijo: mi papá. 



miércoles, 30 de octubre de 2013

Mi silencio

Las palabras se me fueron hace ya muchos meses cuando ya no tuve un solo argumento válido para lograr lo que nunca se pudo. Me exprimí las cuerdas vocales, me apagué el cerebro, decidí dejar de pensar y quise que se me fueran hasta las ganas de sentir.

Y siento tanto que se me han acabado los sustantivos y los adjetivos, todo se conjuga en adverbios calificativos y cuantitativos del verbo amar y abandonar que no encuentro en mi diccionario. 

Quiero regresar al punto de origen, dar vuelta a la derecha en vez de esa izquierda que tomé. Quiero desbeber todo lo que te bebí lentamente y regresar a tocarme los sentidos que no me encuentro.  Quiero mirar ese sol y esas lunas que han pasado, traérmelas en las bolsas de los pantalones, junto con los caracoles que recogí ese día en la playa que pensé caminabas junto a mi, quiero sumergirme mil veces mas en ese manantial de mi Selva, y desdecirte los amos que pronuncié que no me llevaban a ningún lado mas que a un presente que ya es un pasado tan lejano como ayer. Quiero ahorrarme los sinsabores  que me laceran las pestañas y pronunciarte suavemente y sin sentirte en las sílabas de tu nombre.

Todo para darme cuenta que lo único que quiero es saberte a milímetros de mi deshaciendo las sábanas de las camas donde hicimos el amor casi ciento ochenta veces de forma diferente siempre y hasta que agonicemos en una muerte juntos, en esa muerte que nunca tendremos y que siempre añoraremos.

Y para correr nuevos caminos con los músculos doliéndome ácidamente.
Lácticamente.
Eternamente.
Y solo por hoy.
Hasta que el camino me regrese a ese punto de orígen que no encuentro en mi GPS.

Levanté tu ancla de mi playa



domingo, 7 de julio de 2013

La restauración

El corazón de vidrio soplado apareció estrellado en piso, con el agua de nuestras lágrimas escurridas alrededor.

Días antes de dármelo dijiste que el mío se ahogaba en un llanto mudo. Habíamos hablado sin parar hasta bien entrada la noche. Bebimos un Nebbiolo de una casa bajacaliforniana que se llama Nubes y me dijiste cuando atardecía que tenía ojos de caimán.

Me reí, no eran mis ojos los que veías, eran los tuyos.

Nos veíamos como espejos uno del otro, queriendo meternos en los sentimientos ajenos y cruzarlos hacia el cuerpo contrario con cada sorbo de vino rodeados de las chispas mágicas de veladoras e inciensos que habíamos comprado por la mañana en el mercado. Deseábamos sin saberlo, palabras, sentimientos y pensamientos del otro para hacerlos nuestros. Decías alguna palabra y deseaba que hubiera salido de mi boca, te retrataba con las manos alguna imágen y tu la querías para guardar en tu memoria.

Y después de muchas palabras habladas y otras no dichas pero adivinadas, me fuí a dormir borracha de lágrimas y con Nubes en la cabeza y tu saliste a la lluvia. Regresaste en algún momento de la madrugada empapado y te metiste desnudo y frió en la cama para abrazarnos como espejos que somos, sin necesidad de hacer el amor o tener ese sexo etereo que explota y libera todas esas lágrimas nunca antes lloradas en un orgasmo que mata por algunos segundos para resucitar en una paz llena de estrellas.

La nueva historia que se me tejió sin darme cuenta en la cabeza después de encontrarme con los añicos de vidrio rojo, se llama "restauración", y no sé si es por la película que vi hace unas horas, por el vino que tomé anoche o  por la manipulación que esa mujer hizo en mi plexo solar hace menos de una semana, o tal vez por las nubes tan bien dibujadas e inasibles que han rodeado como murallas mi ciudad para esconder la exhalación del volcán que no quiere explotar.

Me restauro hoy domingo con Merlina a mis pies en un ronroneo que me ha durado tres años constantes. Me restauro en un domingo 7, el número favorito del yang de mi yin que perdí cuando me tocaron el manipura chackra.

Me restauré ayer cuando sonó el timbre de la puerta anunciando que habías llegado para llevarme con rumbo desconocido a hablarnos de nuestras dudas y tristezas. De nuestros miedos, y de nuestras ilusiones. Nos hicimos confesiones a medias y me absolviste de pecados por cometer mientras yo rezaba rosarios inexistentes sin culpa alguna en una sonrisa a medio dibujar llena de satisfacción en forma de pecado original.

Me recordabas, como siempre lo haces, a mis trece o catorce años cuando me dabas lecciones de vida tomando una taza de café y yo te miraba detrás de mis ojos de caimán recién nacido tratando de absorber cada palabra que decías y medir cada movimiento que hacías. Estaba enamorada como me pude enamorar a los catorce o quince o dieciséis con música de Styx y Asia de fondo. Por eso, no te lo dije anoche, veía Remington Steele, porque tal vez era la forma mas abstracta y perfecta en la que podía tenerte como se sueña a los catorce y sus meses mas o meses menos. 

Me restauraste ayer sin saberlo tu, sin decirtelo yo, porque en los últimos tiempos has estado presente para darme un empujón sin siquiera rozarme en el camino que decidí tomar. Te dije, sin decírtelo a ti con nombre y apellidos, que las personas aparecen y desaparecen con motivos mas importantes de lo que nunca creemos o creímos cuando ya se fueron o las dejamos ir. Como tu y tu mujer de lunas llenas, o como yo y la decisión de soltar a ese hombre que me amó en el destiempo de cada día 7 de muchos meses.

Y después te fuiste a Chinchorro y yo me fuí a Chuburná donde me senté frente a mi playa, hasta que salió la Sirena de las espirales para cantarle una canción de cuna a mi ātman 

       -hasta qué me quedé profundamente dormida-

Y tuve ese sueño...

-ese de encontrarme en un bosque de niebla en Veracruz con todos los espejos donde no me he mirado-.

Lágrimas secas





viernes, 28 de junio de 2013

A la vuelta de la esquina

No le doy aparentemente mucha importancia al asunto, pero sé que a la vuelta de la esquina me toparé contigo.

No sé si será hoy o mañana o nunca. Tal vez en otra vida. Tal vez nos topemos, nos echemos una miradita intensa y medianamente seductora y nos sigamos de largo. O tal vez ya fuimos un nosotros hace unos años y ya no exista mas allá contigo ni con nadie.

O.

Tal vez estás detrás de mi horizonte. O al pie de una montaña que no veo. O en medio de un lago pescando. Caminando en una ciudad medieval. O viajando por Africa. En otro trópico, o en las Islas Sandwich que descubrí el otro día cuando me compré un globo terráqueo y le daba vueltas sin parar sentada en flor de loto en mi cama con Merlina como testigo mudo y a veces maullante.

Tal vez estuviste junto a mi en la sala de cine hace un mes, o estarás mañana comiendo sushi en la mesa de junto.

O.

Tal vez vives en mi y me aferro a que mi futuro tiene que ser en la cama durmiendo con alguien de carne y hueso, cuando nunca has respirado ni cerquita de mi.

Es decir,

Seguramente no existes y yo te invento a cada mañana con mi amanecer.

Y entonces.

Me convenzo cada anochecer que no habitas mas que en algún lugar de mi globo terráqueo a centímetros de mi alma.

Te veo