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sábado, 16 de marzo de 2013

XV

Hoy, sin saberlo, hace quince años por última vez me hice madre, y es algo que suena y puede ser tan normal, que no lo es. Hoy, hace quince años parí con dolor por última vez en esta mi única vida, y sin saberlo, acabaría mi misión de traer mas vidas a este mundo.

Hoy, hace quince años me diste el conocimiento y me diste el amor que solo yo, -y no todas las mujeres que somos madres sabemos y sentimos por única vez en nuestras vidas- puedo entender y sentir.

Ese instante, en el que dejaste de dolerme para salir de mi cuerpo nadie lo ha sentido mas que yo, y nadie puede recordarlo y añorarlo mas que yo. Hoy, hace quince años me hiciste tan mujer que me volviste diosa en la tierra, y eso solo yo lo puedo vivir una y otra vez, ni siquiera tu que habitaste mi cuerpo por última vez como nadie hace quince años.

Y te me vienes como remolino cada día, como ese chino rebelde que tienes en el pelo con el que siempre me encantas enroscandolo en mis dedos sin parar cada día. Te me vienes como hombre que eres hoy rebasandome en tamaño en forma y en sabiduría donde quepo en ti como una vez en un tiempo que duró nueve meses tu cupiste en forma perfecta dentro de mi, donde te alimentaste de mi sangre y de mi voz por seis mil cuatrocientas horas cuando nos hablábamos en un lenguaje desconocido para todos excepto para nosotros, donde nos amamos y comenzamos dos vidas tan ajenas pero tan cercanas en donde solo un Dios que no tiene nombre podía intervenir como moderador en diálogos de amor que nos consumían en estrellas y espirales eternas.

Y hoy me atrapa una nostalgia con ese recuerdo que me quiere estallar en recuerdos que atrapo y me guardo de nuevo en el cuerpo para que nunca te me vayas, como en ninguna historia jamás escrita, jamás imaginada, jamás contada.


JI



miércoles, 13 de febrero de 2013

Sueño en las pestañas

Acostada en el cubículo cinco, el de todas las mañanas, escuchaba a la señora Sanjuana hablar en voz baja y constante con el hijo que la acompaña los martes.

A lo lejos, -que en realidad es a la altura del cubículo cuatro-, Nax imponía movimientos a Dalila para que moviera el brazo izquierdo que le había paralizado el infarto cerebral de hace unos meses. Ana doblaba toallas y acomodaba los ultrasonidos o las lamparas de luz mientras ponía la música de todas las mañanas que parecían iguales unas a las otras. Las mismas mujeres allí, los mismos movimientos, las mismas circunstancias y tan diferentes historias.

Y así estaba Sanjuana y sus casi ochenta años llenos de artritis en un monólogo constante y rítmico que solo escuchaba el hijo de los martes porque ni a mi ni a nadie nos interesaba escuchar, hasta que dijo eso que parecío gritar, eso que se coló por el techo de los cubículos hasta aterrizar en mi camilla:

"tengo el sueño en las pestañas"

Por un momento me pareció que me lo había dicho justo en la oreja para que se me metiera directo a la conciencia.
Que me lo había dicho solamente a mi.
Y después estuve segura que así había sido.

Yo también tenía sueño en las pestañas, pero también telarañas en las pupilas, madejas enredadas en el iris del ojo derecho, y basuritas en el izquierdo.  Varias noches en las que duermo pero no descanso, en las que anoto y desanoto la lista de lo que quiero y lo que no tengo pero no miro lo que tengo al alcance. Lo que deseo y lo que he dejado ir.  Lo que me quema de ansias por tocar y lo que dejé de mirar hace siglos.

Y también tenía enojo en las pestañas, y ganas de golpear en la punta de los dedos.  Y quería gritarte y mentarme la madre y también deseaba aborrecernos.

Y simplemente, quería seguir enojándome. Quería estar furiosa.

Y en la tarde te lo conté, a ti, mientras la silla de madera se mecía con los rayos de sol y me miraba con media sonrisa diciéndome cosas que no entendía.  Y después el enojo se hizo intolerable y se disfrazó de seriedad. Y la rabia se volvió indiferencia. Y el tiempo se volvió largo y lento. Y me dí cuenta que estoy en una pausa que me desquicia y me pone frenética.

Pensé que seguramente sería un trance hormonal, y pensé en dormir para quitarme el sueño de las pestañas y las marañas en el alma. Y quise recordar esos tiempos en los que era niña, y aquellos en los que fuí madre, también en los que he estado enamorada, en los que he sido tan feliz como enojada estoy. Y si que los recordé, y si dormí, y si soñé con las pupilas y las pestañas.

Soñé a la mecedora con sus rayos de sol y su baile lento y cadencioso sobre el suelo, sentí esos amores y desamores que me llevan a una sonrisa que suspira con aroma dulce, con sabor a chocolate.

Soñé que me decías lo que siempre has tenido que decirme.

Soñé que me voy a ir al mar para morirme como una sirena vieja y feliz, mientras veo esa puesta de sol que nunca he imaginado siquiera.

No sé si contigo, o con él, o con aquel, o con nadie o con todos y todas.

Solo sé que esa puesta de sol será memorable.

La silla de ayer

jueves, 3 de enero de 2013

Nuevo

Es nuevo esto de la ausencia confirmada y sabida. Bien pensada, analizada a detalle y deshecha hasta lo mas profundo.

Si, -lo pensé muy bien-, tal como dijiste, pero la realidad es que lo he venido pensando desde el día aquel en que nos reencontramos. Siempre lo supe, y bien distinto era no quererlo confirmar, no querer sacarlo del cerebelo para ponermelo en la boca con ese punto final.

Y así pasaron alrededor de diecisiete meses en los que puse todo mi empeño en no desintegrar todo lo que hubo y lo que hay. Tomaba decisiones a medias, sin ganas, sin ese atrevimiento total que se desprende de la lengua cuando te sale ese "ya llegó el final" radical y absoluto.

Ese que es como el último cigarro que me fumé una vez. Ese que me atacó un lunes caminando por el centro de mi ciudad un anoche de lunes dando taconazos seguros y absolutos en el que decidí que ya no quería vivir esa vida que vivía hace ya mas de tres años y del que nunca me he arrepentido por un segundo.

Y se me acomoda un dolor pacífico que sacudo dulcemente con un plumero rosa para voltear la cara de todos los espacios que tienen tu recuerdo mientras me instalo una sonrisa en la boca que pronuncia tu nombre en silencio.

Porque dentro de poco, solo nos quedará el nombre del otro en los labios, tragándonoslo en las noches para dormir sin soñarnos nunca mas.

Pero...

Tu lo sabías, siempre lo supiste, al igual que yo. Y ahora, no nos queda mas que tener nuestros nombres sostenidos en el recuerdo de la punta de nuestras lenguas en el último beso que nos dimos.

Tu en mi sonrisa

domingo, 30 de diciembre de 2012

Y así

Y así, sin mas, me dejaste ir.

Y así, sin mas, me fuí.

Sin voltear atrás. Sin decirte que era el último beso que nos daríamos. Sin decirte que no habrá otra oportunidad, -hemos tenido dos-, la tercera sería como otro meteorito cayendo en Yucatán.

Y así, sin más, abrí la puerta, entré, me senté en el sillón naranja y me quité los zapatos, y pasó el día, la tarde y la noche.

Y en la noche me desperté tres o cuatro o cinco veces, y supe, porque lo sentí, que tu estabas despierto. Supe que siempre esperaste que diera el golpe final, el KO, esperabas y exprimías hasta el último segundo, pero incluso en el último segundo sabías que había muchas posibilidades para que me arrepintiera y no tuviera el valor de darme la vuelta y no girar la cara para echarte el último vistazo como el cursi de cualquier película de Hollywood.

Y así, sin mas, dejé de decirte muchas cosas a cambio de repetirte otras miles. Un día dejé de soñar contigo para no dejar de soñarte los últimos diez días religiosamente, incluso anoche, entre verdad y sueño, tu me despertaste al menos dos veces, sabiendo que si abría la boca para decirte algo, sería un arrepentimiento y volver a entrar en el círculo vicioso que me tenía empantadada.

Tal vez por eso, estos últimos días, así sin más, decidí que mi Selva sería ahora el Mar, -pero el mar de Yucatán-, esa mi Punta Cometa que nunca conocí pero ahora descubrí, esa que siempre he buscado y que no tiene mas que aire que el que viene a cada ola.

Y así, sin mas, me di cuenta, que la simpleza de un gran futuro se respira con aire que huele a sal y que canta con la voz de Armando Manzanero.  Así sin mas el gran futuro tiene tu recuerdo y el mío enlazados en nuestras lenguas con ese último beso acelerado porque tenías prisa cuando yo nunca la tengo, en ese inevitable yin yang que siempre nos atrapó.

Y así, sin mas...sola, pero caminando en espirales de nuevo, no dando vueltas dentro de un círculo, atorada hasta las entrañas de ti y en ti...

-lo cual no significa que me arrepienta un solo segundo de todo y de nada, mi cielo-

Cielo con Norte, Yucatán





sábado, 29 de diciembre de 2012

Saliendo del círculo

Y me fuí hincando con parsimonía.

Hice click al seguro, y abrí lentamente la caja de contenidos tan ajenos a mi. Tenía que apoderarme de ellos, así como tenía que abandonarme de ti. Toqué rozando lo que había dentro, era frío, masculino, despiadado, asesino, mortal, tan ajeno a mi, a mi ser, a mi sentir, y sin pensarlo, como también sin entenderlo, cerré la caja azotándola con un golpe medio intencionado.

Todos mis movimientos han sido lentos el día de hoy. Quiero sentirlos, ingerirlos y digerirlos. Quiero acabarte en un mes que termina con un año.  Quiero razonarme en un día que comenzó temprano cuando me vestí para tí de dentro hacia afuera. Como si fueramos a hacer el amor aunque claramente te había dicho que no quería hacerlo. Aunque claramente desde dentro moría de ganas de hacértelo, de sentirme en ti desde los ojos hasta la punta de los pies, como siempre, desde siempre, hasta siempre.

Y sin querer, sin planear, sin pensar (mas que lo pensado en círculos durante una eternidad), sabía que el fin real, sería este, el de hoy, el de un parsimonioso día veintinueve de un mes último de un año que desde que comenzó hace casi doce meses, quería que terminara...

Y sin querer, de tajo, cerré lo que pensé, lo que sigo pensando -que no podré cerrar-, mientras hablábamos alrededor de esa mesa redonda, en ese sillón anaranjado, con ese té que sorbía como si tuviera doce años como me lo dijiste riéndote con esa risa que me desarma, -la edad en la que te tropezaste en mi vida-, y alrededor de tu chocolate caliente, que a tus cuarenta y ocho, tomabas nerviosamente como si tuvieras...tus mismos cuarenta y ocho...que a veces me parecían ochenta y ocho, y otras dieciocho

...pero cuando bailábamos...ahí me parecías de treinta y ocho y no quería soltarte para que no te me escaparas, y cuando hacíamos el amor, me parecías de veintiocho, y cuando nos reíamos, me parecías de ocho.

Y hoy, me parecías más de cuarenta y ocho que siempre...

Y yo, que no podía decirte las cosas, parecía de nueve, y me removía en el sillón, sin atreverme a dar ese paso, que -hoy-, sabía a ciencia cierta que sería el final de nuestras vidas.

Salir del círculo que un día me pinté alrededor del cuerpo...era como un hula hop, como una crinolina de vestido de boda que siempre traía puesta pero sin el vestido, como un anillo de Saturno aunque yo parecía Marte y me creía Venus, como una dona enorme de chocolate, de esas donas que nunca me han gustado aunque el chocolate me fascine, como un plato de porcelana chino sobre el cual estaba parada y del que algún gigante me comería, o como un aro de fuego del circo que no me atrevía a saltar montando algún tigre a menos que fuera del Cirque du Soleil...

Y mientras me hincaba frente a esa caja negra, tenía tanta nostalgia de tí, que me sentía como de cuatro años y extrañas a tu mamá que salió de viaje a la playa porque como Sirena que es se tiene que mojar las escamas de vez en vez...

Por eso decidí cerrar esa caja tan masculina, tan "marca Truper", tan llena de martillos, clavos, tornillos, y cosas que no entiendo y dejarte allí dentro, con el seguro puesto, mientras me miraba las uñas de color rosa que me había pintado rápidamente antes de verte hoy. Mientras se me resbalaba el pelo de la trenza que me hice después de peinarme también para ti hoy, mientras veía mis crocs rosas, esos que irremediablemente quisieras cambiarme y que nunca hubieras podido porque yo jamás lo hubiera permitido.

Y con parsimonia, acaricié la caja con mis uñas rosadas y pensé que así se debe sentir cuando alguien se te muere, alguien a quien nunca mas vas a ver...alguien a quien amaste tanto que diste todo lo que quisiste dar, alguien a quien adoraste con cada centímetro de piel, como lo que te adoro con cada centímetro de mis cuarenta y dos años de piel tatuada con mi alma y mi verdad, la mas pura, esa que te entregué.

Mi caja de herramientas

lunes, 24 de diciembre de 2012

Chuburná

Chuburná me deja aunque ni en el más remoto sueño pienso dejarla.

Chuburná me trajo ese paréntesis de paz que no podía ver si no hubiera estado en ella. Me regaló un Norte por primera vez en mi vida, aire cíclico que acariciaba como adolescente torpemente, intensamente las palmeras, junto con olas pequeñas, pero que bien ahogarían a cualquier Sirena aún con las escamas secas de tanta experiencia.

Me trajo a ti, me alejó de ti, me llevó a nosotros y nos desapareció por largas horas en las que ni tu ni yo supimos por donde comenzar a buscarnos. En dos olas que rompieron a mis pies me trajo la verdad que necesitaba rodeada de la mentira con la que la disfrazo siempre. Me llenó de eso que no sé cómo se llama, -pero si cómo se siente-, y que me hace sonreír con los ojos, en un chapuzón helado debajo de un puente.

Me puso al oído muchas canciones de Armando Manzanero que ya sabía cantar pero en otro tono. Me puso gaviotas que comieron de mi mano y volaban estáticamente sobre mi. Me alejó con un inmenso pedazo de tierra de mis hijos, pero los acercó a mi con sus carcajadas mientras removía arena con el pie derecho una de varias mañanas que caminé sus playas.

Conocí a Julian Barnes y su Sense of an Ending, y cené con Carlos y Alejandrina y su acento yucateco. Comencé a deshebrar un Atlas de Nubes con David Mitchel y despedacé algunos sudokus. Me arrullé en una hamaca azul rey y en una rosa pálido. Tomé seis cervezas que encontré en el minibar y comí dos chocolates Ritter. Hablamos por teléfono y cruzamos mis latitudes con tus longitudes esa tarde que el Norte tocó tierra helándome hasta el tuétano.

Fotografié Chuburná hasta las entrañas. La respiré tanto y tan intensamente que se me pintaron de azul cielo y mar gris los pulmones.

Me olvidé de San Nicolás, de Santa Claus, de Papá Noel y de días largos, llenos de gente en la Ciudad que nunca duerme, allá donde siempre he vivido. Me prometí un futuro apresurado al que no sé cómo llegaré, pero sé que podré. Me vi sola en ese futuro y me quise llorar unas lágrimas pero era demasiado compadecerme de esa forma en un lugar tan perfecto, donde no cabe, no hay espacio para el menor sentimiento antagónico a la felicidad que me llenó por muchos días....tantos días que solamente fueron seis...

Y después, en la mañana, en la mañana de hoy, me despedía de las olas, y les pedía, a cada una de las siete que conté, que nunca me hicieran olvidar qué tan feliz fuí esos seis días.

Seis días con el mejor regalo de cumpleaños que he tenido en cuarenta y dos años.

Y justo cuando dejaba las murallas que le pinte a la entrada, con enormes puertas de Mar y de Tierra, la realidad me atrapó en un instante, en ese instante donde sin decírmelo, me bajabas de la nube, esa que elegí para volar cuando pronuncié "Chu-bur-ná", con voz tímida y quedito, hace unos días, cuando decidí eso que decidí y que sólo le dije a la séptima ola....

-eso que susurré tan quedito que ni siquiera la octava ola alcanzó a escuchar-

Mi Chuburná

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Maniática de la explicación

Tengo un cansancio alojado en las crestas iliacas que parece dolor.  Es ese cansancio que pega a nivel molecular un día después de amar. El cansancio se desborda a ratos en jalones en las ingles, a los costados de la cintura, debajo de las costillas, pero también a lo largo de ellas, me recorre el esternón y me baja hasta el pubis.

-y es que cualquiera diría que ayer se me acabó el mundo perdida en tu piel-

Y así fué.

En mis planes no estaba mas que decirte dos o tres palabras, y cuando me dí cuenta sonaba el corcho que destapaba la botella de nuestro vino favorito, -ese vino del que siempre hay una botella en el fondo del refri, arriba de las verduras-.

Te iba a decir dos o tres palabras y cuando me dí cuenta, chocaba mi copa con la tuya en una carcajada que enredó nuestras lenguas.

Tenía un memorandum escrito en el cerebro con puntos a discutir, y cuando me dí cuenta, tus manos me llevaban al sillón donde siempre nos contamos historias de nosotros, y estaba sentada a horcajadas sobre ti.

-y es que te iba a decir dos o tres palabras explicando detenidamente mis decisiones últimas, esas unilaterales que implicaban una bilateralidad cruzada en grave peligro de extinción-

La idea era decirte unas cuantas cosas que olvidé mientras te desabotonaba la camisa en pausas y me detuviste los borbotones de ideas que se gestaban en mi plexo solar diciéndome:

"Dos cosas importantes tengo que decirte, la una es que te amo, y la otra es que eres tan bonita que ahora estás preciosa"

...o algo así dijiste...porque después del te amo que pronunciaste como nunca se te había escuchado, me olvidé de las explicaciones bien fundamentadas que tenía programadas en el cerebelo.

Maniaticamente, maquinalmente, metodicamente, lentamente, suavemente, seguí desabotonando tu camisa, desentrañando los secretos de tu alma que ya no me parecen tan secretos. Con solo ver tus ojos mientras ves los míos, sé que nuestro tiempo es eterno.  Tengo esa certeza en el corazón, la siento en las yemas de los dedos mientras recorro tu pecho, y la respiro en la piel de tu cuello.

Y en el espacio se queda suspendida nuestra historia, mientras el reloj da vueltas, mientras el sol calienta la tierra de nuevo, mientras la luna manda poner olas en el mar, mientras te desplomas sobre mi cuando callo mis manías y dejo de explicarme lo que no tiene explicación ni sentido ni propósito.

Y volteo a mi izquierda para tropezar los ojos con los libros desordenados en la repisa pensando cual será el siguiente que quiera leer, cuando veo "Bonsai de interior" y "Minerales de México" y me salta el corazón, y me entra la necesidad de sembrarme un bonsai, y de hacer una llamada telefónica urgente que no marqué hasta doce horas después.

L-ibros




martes, 13 de noviembre de 2012

Seda color lila

Días atrás Brígida se encontró sentada en la orilla del sillón viendo hacia la ventana. Los coches pasaban y ella los observaba detenida en el tiempo...es decir, el tiempo corría fuera de la ventana, pero dentro, nada. Ni un segundo se marcaba en el reloj de la cocina. La música se quedó detenida en un lá descompuesto. El aire se paralizó. Eso no significaba que ella no pudiera moverse...sus dedos se crispaban en el vestido que tenía puesto...los pies con sandalias tamborileaban el piso al ritmo de una música totalmente nueva y absurda.

El sol entraba de frente aunque no se veía. Merlina atacaba detrás del vidrio inútilmente a un pájaro que sólo tenía por objetivo burlarse de ella. Ella lo sabía pero no le importaba.

 Las dos solas se entretenían cada cual con su misión detrás de la ventana.

Nada llamaba la atención de ese momento. Todo era normalidad plana y aburrida, y en un instante, algo se rompió. Brígida se dió cuenta que el segundero volvía a escucharse desde la cocina, el aire se respiraba con olor a violetas, y sus manos soltaron la seda lila del vestido.

Fue en ese momento cuando se dio cuenta cómo estaba vestida. Estaba segura de nunca haber comprado un vestido de seda lila. Largo, suave, -todo un maxidress-, fino y caro, sin mangas, escotado, un cinturón delgado de piel igual de suave...las sandalias si las recordaba, doradas, sin tacón, con falsa pedrería...

La duda ahora estaba en la fragilidad inexistente del momento. Ese momento en el que no sabía sí estaba en medio de un sueño, o si estaba muerta y visitando ese lugar que tanto le gustaba, o si era un deja-vú barato y cínico que jugaba con la realidad cuando brincó con sobresalto y con un gritito cursi que le salió del alma. Las manos le dolían por la fuerza con la que nosupocuantotiempo había apretado la seda. Abrió ampliamente los dedos medio acartonados y colocó la mano izquierda debajo de su garganta, la fue bajando por el pecho y el abdomen para detenerla a la altura del pubis en una especie de comprobación igual de discreta que alucinada que sólo vería Merlina, para saber si el corazón le latía.

Y si latía. Con cierta lentitud, al menos así lo parecía.

-Y los días siguen pasando,

y hoy, en este momento, Brígida siente pasar el tiempo, escucha la cadencia del paso de los coches por la ventana, viste de jeans, blusa verde militar y poncho color vino. Usa calcetines cafés con flores de colores y se suelta el pelo donde se le empiezan a colorear canas a la altura de las sienes. Se le han profundizado en unos segundos lentos, marcados por el reloj de la cocina, dos arrugas al lado de cada ojo, le entra de repente el frío otoñal que parece que se ha arrancado las hojas salvajemente para copular con el invierno a la menor distracción, y por primera vez, en mucho tiempo, cree tener la certeza de estar en medio de la paz de la Selva, desnuda, sola, nadando en ese manantial, viendo una perfecta luna llena-.
Merlina y la ventana

viernes, 26 de octubre de 2012

¿Y?

No quedó más que decir adiós en silencio y sin la menor intención de decirlo, mucho menos con las ganas ni la fuerza que se necesitan para saber que ahora "es verdad" cuando se dice ese "adiós", quedito y sin ganas de que sea verdad.

El quedó prendido a su espalda para siempre.

Ella se colgó de su cuello de por vida.

Nadie lo notó jamás.

Y en las noches se platicaban en silencio y se abrazaban sin tener que hacerlo.

Nunca más volvieron a verse, las yemas de sus dedos jamás se tocaron de nuevo.

Y se hicieron viejos.

El se despertaba todas las noches a las 2:49 am en sus eternos y cronometrados insomnios, y ella siempre dormía de corrido soñándolo en ausencia desmedida y melancólica.

Y se pensaban cada noche aunque no se tocarán.

Y se hicieron abuelos.

Y el a veces decía palabras que sólo estaban hechas para ella.

Y ella lo olvidó en medio de un Alzheimer, pero siempre le necesito y extrañó, nunca su olor dejó de respirar.

Y se murieron.

Y nadie nunca supo que se hablaban cada noche desde que se dijeron adiós.

Y nadie nunca lo supo....

¿Y de qué sirvió?

domingo, 21 de octubre de 2012

Hoy

Un año atrás, mi cuerpo se dolía de cosas que no me cabían y el tiempo acomodó dentro de una lógica azul y profunda.

Y pasó más tiempo que se llenó de ilógica, de confusión y de colores que no existen para mis ojos.

Tiempo del que ni tu ni yo nos damos cuenta, que se escapa en una mirada, mientras de reojo vemos por el retrovisor y el espejo lateral del coche lo que se va quedando colgado a los semáforos y da la vuelta por las esquinas y calles en construcción, eventos que bajan conmigo los pasos a desnivel y a veces acaban atropellados por un ciclista que rebaso en una mañana de estas en las que aún no amanece...

Hoy tenía que haber nadado en el Mar de Cortés. Ayer, sin ver el reloj de mi izquierda, lloré sin parar como la niña de tres años que alguna vez fui y que extraña dolorosamente a su papa. Incontrolablemente.
Con temblores y sollozos.
Me dejé caer, física e imaginariamente, en medio del pasillo que da a la sala, hasta que decidí ponerme medio de pie. Si no lo hacía yo, tampoco lo harías tu.

Hoy me amanecieron los ojos medio secos a la hora en la que mi mente recorría la playa donde debía estar para zambullirme gloriosamente en agua salada y refrescante.

Me despertó a las cinco de la mañana el último de los veinte o treinta sueños y pesadillas que seguramente tuve en cinco horas.

En el sueño era invisible y traspasaba rejas y más rejas. El sueño era triste y de color beige y blanco, -creo que son los colores más tristes de mi existencia-, en el sueño estaba él, y no estabas tu. Se qué te sonará poco perseverante de mi parte, pero hace muchos sueños que te dejé de buscar, las veces que has aparecido fugazmente, las he olvidado mientras me levanto a cepillarme los dientes.

Cuando acabé de sacudirme el sueño color beige y empecé a despertar, te metías entre mis sábanas y con una lentitud que parecía durar hasta mañana me acariciabas y llevabas de la mano a Pie de la Cuesta.

-Pero tu no apareces en Pie de la Cuesta en ninguno de mi sueños-, tu apareces en tus sueños en una playa que no es virgen ya. En una playa a la que no quiero ir porque no tiene palmeras ni pescadores ni es mar abierto.

Y hoy, mientras quería sentir el frío del agua de mar en la punta de los dedos, me besabas la espalda que tenía sabor a escamas falsas y a mi, -al menos eso me dijiste-, mientras te contestaba que anoche me había bañado para quitarme el sabor, olor y tacto a pena y encierro. No me puse perfume ni crema ni el aceite con jengibre y miel que tanto me gusta, bastaba con quitarme la esencia y sensación de todos esos fantasmas que me habitan cuatro veces por semana, esos que tu nunca comprenderás, porque dentro de tu mundo, el mío no cabe ya, se ha hecho demasiado azul marino para tus estándares tan azules claros.

A medio día intenté grafitearte con la mirada mientras veía los volcanes, pero

Hoy...

Hoy ya no te siento ni te veo en ese afán de volverme gris y pálida. Hoy sé que ya no nos cabemos dentro del otro, y que el yin yang lo estas decolorando a un amarillo perdido en tu vida que no es la mía.