No quedó más que decir adiós en silencio y sin la menor intención de decirlo, mucho menos con las ganas ni la fuerza que se necesitan para saber que ahora "es verdad" cuando se dice ese "adiós", quedito y sin ganas de que sea verdad.
El quedó prendido a su espalda para siempre.
Ella se colgó de su cuello de por vida.
Nadie lo notó jamás.
Y en las noches se platicaban en silencio y se abrazaban sin tener que hacerlo.
Nunca más volvieron a verse, las yemas de sus dedos jamás se tocaron de nuevo.
Y se hicieron viejos.
El se despertaba todas las noches a las 2:49 am en sus eternos y cronometrados insomnios, y ella siempre dormía de corrido soñándolo en ausencia desmedida y melancólica.
Y se pensaban cada noche aunque no se tocarán.
Y se hicieron abuelos.
Y el a veces decía palabras que sólo estaban hechas para ella.
Y ella lo olvidó en medio de un Alzheimer, pero siempre le necesito y extrañó, nunca su olor dejó de respirar.
Y se murieron.
Y nadie nunca supo que se hablaban cada noche desde que se dijeron adiós.
Y nadie nunca lo supo....
¿Y de qué sirvió?
viernes, 26 de octubre de 2012
domingo, 21 de octubre de 2012
Hoy
Un año atrás, mi cuerpo se dolía de cosas que no me cabían y el tiempo acomodó dentro de una lógica azul y profunda.
Y pasó más tiempo que se llenó de ilógica, de confusión y de colores que no existen para mis ojos.
Tiempo del que ni tu ni yo nos damos cuenta, que se escapa en una mirada, mientras de reojo vemos por el retrovisor y el espejo lateral del coche lo que se va quedando colgado a los semáforos y da la vuelta por las esquinas y calles en construcción, eventos que bajan conmigo los pasos a desnivel y a veces acaban atropellados por un ciclista que rebaso en una mañana de estas en las que aún no amanece...
Hoy tenía que haber nadado en el Mar de Cortés. Ayer, sin ver el reloj de mi izquierda, lloré sin parar como la niña de tres años que alguna vez fui y que extraña dolorosamente a su papa. Incontrolablemente.
Con temblores y sollozos.
Me dejé caer, física e imaginariamente, en medio del pasillo que da a la sala, hasta que decidí ponerme medio de pie. Si no lo hacía yo, tampoco lo harías tu.
Hoy me amanecieron los ojos medio secos a la hora en la que mi mente recorría la playa donde debía estar para zambullirme gloriosamente en agua salada y refrescante.
Me despertó a las cinco de la mañana el último de los veinte o treinta sueños y pesadillas que seguramente tuve en cinco horas.
En el sueño era invisible y traspasaba rejas y más rejas. El sueño era triste y de color beige y blanco, -creo que son los colores más tristes de mi existencia-, en el sueño estaba él, y no estabas tu. Se qué te sonará poco perseverante de mi parte, pero hace muchos sueños que te dejé de buscar, las veces que has aparecido fugazmente, las he olvidado mientras me levanto a cepillarme los dientes.
Cuando acabé de sacudirme el sueño color beige y empecé a despertar, te metías entre mis sábanas y con una lentitud que parecía durar hasta mañana me acariciabas y llevabas de la mano a Pie de la Cuesta.
-Pero tu no apareces en Pie de la Cuesta en ninguno de mi sueños-, tu apareces en tus sueños en una playa que no es virgen ya. En una playa a la que no quiero ir porque no tiene palmeras ni pescadores ni es mar abierto.
Y hoy, mientras quería sentir el frío del agua de mar en la punta de los dedos, me besabas la espalda que tenía sabor a escamas falsas y a mi, -al menos eso me dijiste-, mientras te contestaba que anoche me había bañado para quitarme el sabor, olor y tacto a pena y encierro. No me puse perfume ni crema ni el aceite con jengibre y miel que tanto me gusta, bastaba con quitarme la esencia y sensación de todos esos fantasmas que me habitan cuatro veces por semana, esos que tu nunca comprenderás, porque dentro de tu mundo, el mío no cabe ya, se ha hecho demasiado azul marino para tus estándares tan azules claros.
A medio día intenté grafitearte con la mirada mientras veía los volcanes, pero
Hoy...
Hoy ya no te siento ni te veo en ese afán de volverme gris y pálida. Hoy sé que ya no nos cabemos dentro del otro, y que el yin yang lo estas decolorando a un amarillo perdido en tu vida que no es la mía.
Y pasó más tiempo que se llenó de ilógica, de confusión y de colores que no existen para mis ojos.
Tiempo del que ni tu ni yo nos damos cuenta, que se escapa en una mirada, mientras de reojo vemos por el retrovisor y el espejo lateral del coche lo que se va quedando colgado a los semáforos y da la vuelta por las esquinas y calles en construcción, eventos que bajan conmigo los pasos a desnivel y a veces acaban atropellados por un ciclista que rebaso en una mañana de estas en las que aún no amanece...
Hoy tenía que haber nadado en el Mar de Cortés. Ayer, sin ver el reloj de mi izquierda, lloré sin parar como la niña de tres años que alguna vez fui y que extraña dolorosamente a su papa. Incontrolablemente.
Con temblores y sollozos.
Me dejé caer, física e imaginariamente, en medio del pasillo que da a la sala, hasta que decidí ponerme medio de pie. Si no lo hacía yo, tampoco lo harías tu.
Hoy me amanecieron los ojos medio secos a la hora en la que mi mente recorría la playa donde debía estar para zambullirme gloriosamente en agua salada y refrescante.
Me despertó a las cinco de la mañana el último de los veinte o treinta sueños y pesadillas que seguramente tuve en cinco horas.
En el sueño era invisible y traspasaba rejas y más rejas. El sueño era triste y de color beige y blanco, -creo que son los colores más tristes de mi existencia-, en el sueño estaba él, y no estabas tu. Se qué te sonará poco perseverante de mi parte, pero hace muchos sueños que te dejé de buscar, las veces que has aparecido fugazmente, las he olvidado mientras me levanto a cepillarme los dientes.
Cuando acabé de sacudirme el sueño color beige y empecé a despertar, te metías entre mis sábanas y con una lentitud que parecía durar hasta mañana me acariciabas y llevabas de la mano a Pie de la Cuesta.
-Pero tu no apareces en Pie de la Cuesta en ninguno de mi sueños-, tu apareces en tus sueños en una playa que no es virgen ya. En una playa a la que no quiero ir porque no tiene palmeras ni pescadores ni es mar abierto.
Y hoy, mientras quería sentir el frío del agua de mar en la punta de los dedos, me besabas la espalda que tenía sabor a escamas falsas y a mi, -al menos eso me dijiste-, mientras te contestaba que anoche me había bañado para quitarme el sabor, olor y tacto a pena y encierro. No me puse perfume ni crema ni el aceite con jengibre y miel que tanto me gusta, bastaba con quitarme la esencia y sensación de todos esos fantasmas que me habitan cuatro veces por semana, esos que tu nunca comprenderás, porque dentro de tu mundo, el mío no cabe ya, se ha hecho demasiado azul marino para tus estándares tan azules claros.
A medio día intenté grafitearte con la mirada mientras veía los volcanes, pero
Hoy...
Hoy ya no te siento ni te veo en ese afán de volverme gris y pálida. Hoy sé que ya no nos cabemos dentro del otro, y que el yin yang lo estas decolorando a un amarillo perdido en tu vida que no es la mía.
sábado, 6 de octubre de 2012
Cuando me alcances
Cada día se me ha convertido en una vida, corta e intensa, fugaz, escurridiza, fría con corrientes tibias y multicolores.
Voy marcándome los días en los antebrazos, con cuatro rayas cruzadas por una quinta. Como reo en las paredes de su celda. Y aun así, no cuento un solo instante de este tiempo, pero así completé ayer con tu ausencia un año exacto. Un día como ayer vivíamos una luna de miel donde me decías -te amo-, y entonces, mis días eran tu eternidad y yo dentro de ella formaba marejadas hasta que desaparecí tu Isla de la Tranquilidad, esa que estaba gobernada por la reina de la Luz. Me dediqué y empeñé hasta que transformé tu vida en un terremoto diario y cuando me dí cuenta nadaba en tus mares y hasta ayer, que terminó mi vida de ayer, me estaba ahogando en tu océano.
Con cada amanecer, se me aparece una sirena que creo que tiene la cara de una amiga y la voz de una de mis hermanas, y me canta, me sopla oxígeno y me inyecta adrenalina para dar brazadas y seguir nadando hasta que llegue la séptima ola y me saque de tus mareas.
Y así pasan los días. Y así me sigo tatuando los brazos. Y viviendo viditas instantáneas...y así te perdí un día en el que comenzaste a nadar contracorriente siguiendo una estrella fugaz, porque como no eres marino, no sabes que debes seguir a la estrella del norte. Y te lo dije, te lo grité, mientras una ballena gris me detenía en su lomo para desde ahí gritar aún más fuerte. Hasta qué te perdí de vista y las sirenas y las mantarrayas que había a mi lado miraban hacia otro lado con tal de no ver mi cara decepcionada, triste, inmensamente triste...y supe que no había forma en la negrura intensa de los siete mares que me alcanzaras jamás. Que no nadarías a mi lado. Que no me detendrías ni darías la mano cuando me cansara de dar brazadas o patadas.
...y no creas, de ninguna manera, que me voy a morir ahogada en tus mares...simplemente estoy reuniendo la fuerza necesaria a base de comer chocolates que me llenen de calorías huecas mientras me llega la séptima ola...
Voy marcándome los días en los antebrazos, con cuatro rayas cruzadas por una quinta. Como reo en las paredes de su celda. Y aun así, no cuento un solo instante de este tiempo, pero así completé ayer con tu ausencia un año exacto. Un día como ayer vivíamos una luna de miel donde me decías -te amo-, y entonces, mis días eran tu eternidad y yo dentro de ella formaba marejadas hasta que desaparecí tu Isla de la Tranquilidad, esa que estaba gobernada por la reina de la Luz. Me dediqué y empeñé hasta que transformé tu vida en un terremoto diario y cuando me dí cuenta nadaba en tus mares y hasta ayer, que terminó mi vida de ayer, me estaba ahogando en tu océano.
Con cada amanecer, se me aparece una sirena que creo que tiene la cara de una amiga y la voz de una de mis hermanas, y me canta, me sopla oxígeno y me inyecta adrenalina para dar brazadas y seguir nadando hasta que llegue la séptima ola y me saque de tus mareas.
Y así pasan los días. Y así me sigo tatuando los brazos. Y viviendo viditas instantáneas...y así te perdí un día en el que comenzaste a nadar contracorriente siguiendo una estrella fugaz, porque como no eres marino, no sabes que debes seguir a la estrella del norte. Y te lo dije, te lo grité, mientras una ballena gris me detenía en su lomo para desde ahí gritar aún más fuerte. Hasta qué te perdí de vista y las sirenas y las mantarrayas que había a mi lado miraban hacia otro lado con tal de no ver mi cara decepcionada, triste, inmensamente triste...y supe que no había forma en la negrura intensa de los siete mares que me alcanzaras jamás. Que no nadarías a mi lado. Que no me detendrías ni darías la mano cuando me cansara de dar brazadas o patadas.
...y no creas, de ninguna manera, que me voy a morir ahogada en tus mares...simplemente estoy reuniendo la fuerza necesaria a base de comer chocolates que me llenen de calorías huecas mientras me llega la séptima ola...
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| Comer chocolate en tiempos de desamor sustituye las feromonas que te habitan en tiempos de amor. |
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Todos los tiempos
Desde hace días ya no puedo pensar en mas futuro que el presente.
El presente se convierte en todos los tiempos. Nos recordamos en el pasado y nos reímos en él, en un futuro tan inmediato que termina con la carcajada en turno.
Renacemos en él a mis abuelos, a mis hijos, y los vuelvo a parir las veces que necesarias y más, con ese dolor que no es mas que la emoción mas pura que solamente una madre puede recordar y olvidar en un instante.
Muero en el pasado inmediato y me quedo con las rutas que habitan la geografía de mi alma que aún tiene muchos caminos por recorrer. Me olvido de cualquier pena que parecía majestuosa y construyo castillos y palacios en un espacio que tiene humedades en el techo, paredes descarapeladas que cuentan historias y sonrisas de familias que sacan desde lo mas profundo de sus entrañas la felicidad que nunca creerían poder encontrar en ventanas con vidrios rotos y percudidos .
Y cierro los ojos y escucho música en ese lugar que tiene desde ladrones de vida hasta inocentes cautivos y me imagino que esas guitarras y yo estamos en plenos portales de Veracruz bebiendo un mojito en vez de un jugo de naranja servido en vaso de plástico desechable. Muerdo mi croissant bañado en chocolate y me traslado a los Campos Eliseos escuchando a alguien hablando en francés y veo a una pareja dándose un perfecto beso francés.
Y concluyo que a lo que nunca le pueden poner una jaula es a la mente, pero menos aún al corazón, cuando veo un gato amarillo subiendo un árbol que tiene atrapadas en sus ramas dos bolsas de plástico, para tratar de alcanzar a un gorrión que se escapa volando de ese intento de jardín gris que es mas verde que cualquier jardincito del Parque del Retiro.
Y a ti Lorenzo, que me diste la vida, me estás dando la más grande lección de vida que puedo aprender a mis cuarenta y dos, a tus setenta y dos, gracias siempre, mi Lorenzo, el mas Magnífico de todos los Lorenzos que han existido jamás.
El presente se convierte en todos los tiempos. Nos recordamos en el pasado y nos reímos en él, en un futuro tan inmediato que termina con la carcajada en turno.
Renacemos en él a mis abuelos, a mis hijos, y los vuelvo a parir las veces que necesarias y más, con ese dolor que no es mas que la emoción mas pura que solamente una madre puede recordar y olvidar en un instante.
Muero en el pasado inmediato y me quedo con las rutas que habitan la geografía de mi alma que aún tiene muchos caminos por recorrer. Me olvido de cualquier pena que parecía majestuosa y construyo castillos y palacios en un espacio que tiene humedades en el techo, paredes descarapeladas que cuentan historias y sonrisas de familias que sacan desde lo mas profundo de sus entrañas la felicidad que nunca creerían poder encontrar en ventanas con vidrios rotos y percudidos .
Y cierro los ojos y escucho música en ese lugar que tiene desde ladrones de vida hasta inocentes cautivos y me imagino que esas guitarras y yo estamos en plenos portales de Veracruz bebiendo un mojito en vez de un jugo de naranja servido en vaso de plástico desechable. Muerdo mi croissant bañado en chocolate y me traslado a los Campos Eliseos escuchando a alguien hablando en francés y veo a una pareja dándose un perfecto beso francés.
Y concluyo que a lo que nunca le pueden poner una jaula es a la mente, pero menos aún al corazón, cuando veo un gato amarillo subiendo un árbol que tiene atrapadas en sus ramas dos bolsas de plástico, para tratar de alcanzar a un gorrión que se escapa volando de ese intento de jardín gris que es mas verde que cualquier jardincito del Parque del Retiro.
Y a ti Lorenzo, que me diste la vida, me estás dando la más grande lección de vida que puedo aprender a mis cuarenta y dos, a tus setenta y dos, gracias siempre, mi Lorenzo, el mas Magnífico de todos los Lorenzos que han existido jamás.
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| Mi Lorenzo y yo |
sábado, 22 de septiembre de 2012
Nadir
Me detengo en la lentitud de mi amanecer de otoño y me sostengo de tu mirada acomodándome en el recuerdo con cada partícula tuya.
Es lo único que me habita el resto del día. Me recorre como un escalofrío la columna que me abraza cada vértebra. Quiero regresar el tiempo, para hacerte eterno entre las yemas de mis dedos.
Y paro en tu respiración y me cuelgo a tu boca de donde absorbo bocanadas de tu alma.
Y quiero que el tiempo no se me escurra por los dedos y me resigno sin fuerza al final mientras desaparece tu fantasma y me cierras la puerta detrás sin voltear siquiera a verme de reojo.
Y pasan las horas de la mañana y la tarde y me quedo bebiendo-té lo que me parece una inmensidad de tiempo.
Y se me descuelga tu alma porque te la llevas con las pisadas, pero me detengo en un instante mientras te recorro con los labios la frente. Y abro la mano en tu espalda acariciándote hasta los pulmones mientras se me escapa un gemido que se cuela por la ventana para salir por la calle detrás de ti, columpiandose en tu bolsillo izquierdo y metiéndose en tus pantalones.
Y levanto las piernas para ponerlas en los brazos de la silla de plástico donde estoy sentada a las doce del día, y te saco por mi cenit, pero te vuelves a mi por el nadir, y te me cuelas entre las piernas y te me metes de nuevo hasta el corazón.
Y me doy cuenta, que no sé qué hacer con esta lentitud de tiempo en el que te recorro recreándote con caricias abstractas y ausentes.
Y que no estás.
Que no estarás nunca.
Y que es cuando más metido te tengo y no quiero dejarte salir.
Es lo único que me habita el resto del día. Me recorre como un escalofrío la columna que me abraza cada vértebra. Quiero regresar el tiempo, para hacerte eterno entre las yemas de mis dedos.
Y paro en tu respiración y me cuelgo a tu boca de donde absorbo bocanadas de tu alma.
Y quiero que el tiempo no se me escurra por los dedos y me resigno sin fuerza al final mientras desaparece tu fantasma y me cierras la puerta detrás sin voltear siquiera a verme de reojo.
Y pasan las horas de la mañana y la tarde y me quedo bebiendo-té lo que me parece una inmensidad de tiempo.
Y se me descuelga tu alma porque te la llevas con las pisadas, pero me detengo en un instante mientras te recorro con los labios la frente. Y abro la mano en tu espalda acariciándote hasta los pulmones mientras se me escapa un gemido que se cuela por la ventana para salir por la calle detrás de ti, columpiandose en tu bolsillo izquierdo y metiéndose en tus pantalones.
Y levanto las piernas para ponerlas en los brazos de la silla de plástico donde estoy sentada a las doce del día, y te saco por mi cenit, pero te vuelves a mi por el nadir, y te me cuelas entre las piernas y te me metes de nuevo hasta el corazón.
Y me doy cuenta, que no sé qué hacer con esta lentitud de tiempo en el que te recorro recreándote con caricias abstractas y ausentes.
Y que no estás.
Que no estarás nunca.
Y que es cuando más metido te tengo y no quiero dejarte salir.
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| Entre mis piernas |
martes, 18 de septiembre de 2012
Meditaciones
Mis dedos tienen la necesidad, imperiosa, de escribir desde hace días. Parece que teclean los cuadritos negros de mi computadora mientras duermo, como si tocaran un piano inventado.
Mi mente es cosa a parte. Mi mente esta en tantos lugares a la vez que no puede detenerse a descansar o meditar ni en mi propia cabeza.
Y el corazón se me metió detrás del esternón y casi no me lo puedo tocar, está hibernando en un agonizante verano después de tantos inviernos latidos en compases disparejos.
La abrumación es interesante. A veces pesada, ocupa todas las células de mi cuerpo. Otras es tan liviana que parece que soy una pluma, de esas que vienen cayendo lentamente en el aire, como en una foto de portada de algún libro de superación personal.
A veces acabo el día hablando y parezco borracha. Parece, -literalmente-, que vomito las palabras. O mas bien que voy a vomitar mientras pronuncio lentamente cada letra de cada palabra de cada oración.
Y de repente, se acabó el día.
Y sueño sueños aún mas violentos de los que no me acuerdo cuando despierto antes de la alarma.
Y lo abstracto se vuelve tangible, y lo tangible se desintegra ante mi mirada -no atónita-, sino cínica y superflua.
El bajomundo se vuelve mi piso y mi realidad. Los malos se vuelven santos y los santos son todos dioses. Los rezos son mis mantras mudos. Lo que toco se vuelve oro falso. Lo que escucho son historias fantásticas mas reales que tu y que yo.
Invento hermandades con mujeres con las que he cruzado cinco palabras pero una mirada cómplice y dos abrazos que nunca nadie me hubiera dado en toda mi vida. Me aferro a duendes que no existen en un mar lejano y me desentiendo de ti que supuestamente estás a mi lado pero que nunca lo has estado.
Me invento flores que me regalas, les cambio el agua, les hablo y las alejo de Merlina para que no las tire al piso estrellando el florero en miles de pedacitos que forman mi amor por ti.
...sobre todo eso...
...Me invento las flores que no me regalas...
(y mientras tanto, el duerme y yo duermo, y me agobia la lluvia que nos llueve y que no sé si le moja en las noches o si le duelen los huesos con frío y humedad, y si mal come...y si piensa y medita todas sus vidas allí, mientras yo espero poder visitarle para verlo y que me dé fuerza, mientras yo le trato de dar la poca que me queda, mientras sé que lo único que no nos quitarán jamás es el amor que sentimos, y la libertad de pensarnos todo el tiempo y las ganas de abrazarnos cuatro veces por semana...)
Mi mente es cosa a parte. Mi mente esta en tantos lugares a la vez que no puede detenerse a descansar o meditar ni en mi propia cabeza.
Y el corazón se me metió detrás del esternón y casi no me lo puedo tocar, está hibernando en un agonizante verano después de tantos inviernos latidos en compases disparejos.
La abrumación es interesante. A veces pesada, ocupa todas las células de mi cuerpo. Otras es tan liviana que parece que soy una pluma, de esas que vienen cayendo lentamente en el aire, como en una foto de portada de algún libro de superación personal.
A veces acabo el día hablando y parezco borracha. Parece, -literalmente-, que vomito las palabras. O mas bien que voy a vomitar mientras pronuncio lentamente cada letra de cada palabra de cada oración.
Y de repente, se acabó el día.
Y sueño sueños aún mas violentos de los que no me acuerdo cuando despierto antes de la alarma.
Y lo abstracto se vuelve tangible, y lo tangible se desintegra ante mi mirada -no atónita-, sino cínica y superflua.
El bajomundo se vuelve mi piso y mi realidad. Los malos se vuelven santos y los santos son todos dioses. Los rezos son mis mantras mudos. Lo que toco se vuelve oro falso. Lo que escucho son historias fantásticas mas reales que tu y que yo.
Invento hermandades con mujeres con las que he cruzado cinco palabras pero una mirada cómplice y dos abrazos que nunca nadie me hubiera dado en toda mi vida. Me aferro a duendes que no existen en un mar lejano y me desentiendo de ti que supuestamente estás a mi lado pero que nunca lo has estado.
Me invento flores que me regalas, les cambio el agua, les hablo y las alejo de Merlina para que no las tire al piso estrellando el florero en miles de pedacitos que forman mi amor por ti.
...sobre todo eso...
...Me invento las flores que no me regalas...
(y mientras tanto, el duerme y yo duermo, y me agobia la lluvia que nos llueve y que no sé si le moja en las noches o si le duelen los huesos con frío y humedad, y si mal come...y si piensa y medita todas sus vidas allí, mientras yo espero poder visitarle para verlo y que me dé fuerza, mientras yo le trato de dar la poca que me queda, mientras sé que lo único que no nos quitarán jamás es el amor que sentimos, y la libertad de pensarnos todo el tiempo y las ganas de abrazarnos cuatro veces por semana...)
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| Meditando todas tus maravillosas vidas |
miércoles, 5 de septiembre de 2012
Sueños violentos
Las pesadillas han quedado atrás.
Van muchas noches de sueños violentos.
Pateo, me despierto, deshago la cama, no dejo de dar vueltas. Sueño con personajes de mi pasado y futuro, no quepo en el departamento entero de tan violentos que son.
El origen lo siento a nivel molecular, la gestación en la nuca, desde la espalda parece que me recorre cada vértebra y se detiene en el cóxis y se me mete entre las piernas algunas veces, otras sigue hasta el talón de Aquiles, otras me da la vuelta hasta las rodillas, me besa en envés, gira y se mete a mi ombligo para acunarse hasta que se le da la gana.
Pero donde mas siento el nacimiento de los sueños violentos es en las caderas, de ahí se abrazan para tomar impulso y brincar al limbo.
Y amanezco cansada, a veces recuerdo un instante de violencia, otro el descenlace, otras veces cada detalle de todos los sueños que ocurrieron en toda la noche.
A veces, -como hoy-, me doy cuenta que empiezan a media tarde. Normalmente acostada en el sillón naranja...Y todo ocurre cuando me doy cuenta que me estoy volviendo como tu. Evito el razonar, le doy la vuelta a la realidad, pongo la mente en blanco. Me evado de lo que tiene que pasar, lo escondo en el subsuelo de mi corazón, lo atrapo en el trasero de mi hipotálamo.
Y todo comenzó a pasar hace unas semanas. Me empecé a secar por dentro y por fuera. En aparente tranquilidad me fuí blindando mientras me forraba el cuerpo por las noches, -dormida-, de pétalos de orquidea.
Y así pasaron varias noches, y durante sus días no me dí cuenta, hasta que en el biceps, ahí donde hoy me acariciaste brevemente, noté que se me descarapelaba la piel...y empecé a jalar y ver que era un pétalo color morado, justamente como la orquidea que está en la cocina...pero ví que apenas sostenía el siguiente pétalo, y por un momento vi puntitas de miles de pétalos en mi piel: brazos, piernas, pechos, y alrededor de las clavículas...y si jalaba lo suficientemente fuerte, seguramente desarmaría por completo mi cuerpo y mi corazón se quedaría sin jaula...
Así que chupé con estilo y dedicación erótica las yemas de mis dedos y humedecí ese pétalo frágil y traicionero hasta dejarlo pegado al anterior y al que seguramente se me pondrá hoy por la noche...
Y cerré los ojos brevemente mientras te respiraba en algún lugar de mis recuerdos, tratando de trazar la línea de tu mandíbula mientras te digo adiós sin palabras y con ganas de no irme nunca. Mientras te ataba a mis ojos para que no te esfumes jamás. Mientras te decía que me tienes seca como nunca me he sentido. Me tienes postrada ante el vacío. Me tienes incrustada con pedazos de ti, que me aguijonean como espinas largas, puntiaguda y ácidas que me desarman en gotas de sangre dusfrazadas de lágrimas, así como las redondas gotas milimétricas de sangre que tenías en la yema de un dedo hoy, que te dije y no sabías cómo te habían salido, que te dije mientras te recorría todos los milímetros de piel y te medía las miradas, sosteniendotelas de tal forma para poder robarte el alma que no me dejaste robar.
Y así me tienes, y así me has tenido.
Me tienes seca de amor, me tienes tan seca, que en el momento en que me caiga una gota de agua salada del Mar de Cortés, probablemente me muera de desazón y vare como ballena en alguna playa porque simplemente no puedo concebir una vida sin tus ojos que me miren.
Así que hoy, buscaré entre las violencias de la noche, un sueño blanco y crispante, deslumbrante, entre sábanas de algodón, donde alguien que no conozco seguramente me entienda, me abrace y me hable de historias de volcanes, de heroes griegos, de soledades y de consuelos mientras me arrulla y me deja llorar cuentas de perlas que guardaré en alguna cajita para engarzar en hilos de paja en alguna otra vida.
Pero sin ti.
Van muchas noches de sueños violentos.
Pateo, me despierto, deshago la cama, no dejo de dar vueltas. Sueño con personajes de mi pasado y futuro, no quepo en el departamento entero de tan violentos que son.
El origen lo siento a nivel molecular, la gestación en la nuca, desde la espalda parece que me recorre cada vértebra y se detiene en el cóxis y se me mete entre las piernas algunas veces, otras sigue hasta el talón de Aquiles, otras me da la vuelta hasta las rodillas, me besa en envés, gira y se mete a mi ombligo para acunarse hasta que se le da la gana.
Pero donde mas siento el nacimiento de los sueños violentos es en las caderas, de ahí se abrazan para tomar impulso y brincar al limbo.
Y amanezco cansada, a veces recuerdo un instante de violencia, otro el descenlace, otras veces cada detalle de todos los sueños que ocurrieron en toda la noche.
A veces, -como hoy-, me doy cuenta que empiezan a media tarde. Normalmente acostada en el sillón naranja...Y todo ocurre cuando me doy cuenta que me estoy volviendo como tu. Evito el razonar, le doy la vuelta a la realidad, pongo la mente en blanco. Me evado de lo que tiene que pasar, lo escondo en el subsuelo de mi corazón, lo atrapo en el trasero de mi hipotálamo.
Y todo comenzó a pasar hace unas semanas. Me empecé a secar por dentro y por fuera. En aparente tranquilidad me fuí blindando mientras me forraba el cuerpo por las noches, -dormida-, de pétalos de orquidea.
Y así pasaron varias noches, y durante sus días no me dí cuenta, hasta que en el biceps, ahí donde hoy me acariciaste brevemente, noté que se me descarapelaba la piel...y empecé a jalar y ver que era un pétalo color morado, justamente como la orquidea que está en la cocina...pero ví que apenas sostenía el siguiente pétalo, y por un momento vi puntitas de miles de pétalos en mi piel: brazos, piernas, pechos, y alrededor de las clavículas...y si jalaba lo suficientemente fuerte, seguramente desarmaría por completo mi cuerpo y mi corazón se quedaría sin jaula...
Así que chupé con estilo y dedicación erótica las yemas de mis dedos y humedecí ese pétalo frágil y traicionero hasta dejarlo pegado al anterior y al que seguramente se me pondrá hoy por la noche...
Y cerré los ojos brevemente mientras te respiraba en algún lugar de mis recuerdos, tratando de trazar la línea de tu mandíbula mientras te digo adiós sin palabras y con ganas de no irme nunca. Mientras te ataba a mis ojos para que no te esfumes jamás. Mientras te decía que me tienes seca como nunca me he sentido. Me tienes postrada ante el vacío. Me tienes incrustada con pedazos de ti, que me aguijonean como espinas largas, puntiaguda y ácidas que me desarman en gotas de sangre dusfrazadas de lágrimas, así como las redondas gotas milimétricas de sangre que tenías en la yema de un dedo hoy, que te dije y no sabías cómo te habían salido, que te dije mientras te recorría todos los milímetros de piel y te medía las miradas, sosteniendotelas de tal forma para poder robarte el alma que no me dejaste robar.
Y así me tienes, y así me has tenido.
Me tienes seca de amor, me tienes tan seca, que en el momento en que me caiga una gota de agua salada del Mar de Cortés, probablemente me muera de desazón y vare como ballena en alguna playa porque simplemente no puedo concebir una vida sin tus ojos que me miren.
Así que hoy, buscaré entre las violencias de la noche, un sueño blanco y crispante, deslumbrante, entre sábanas de algodón, donde alguien que no conozco seguramente me entienda, me abrace y me hable de historias de volcanes, de heroes griegos, de soledades y de consuelos mientras me arrulla y me deja llorar cuentas de perlas que guardaré en alguna cajita para engarzar en hilos de paja en alguna otra vida.
Pero sin ti.
| Gestación molecular |
miércoles, 15 de agosto de 2012
Lágrimas de San Lorenzo
Todo gira alrededor de nuestra energía.
Tu y yo manejamos la rotación de la Tierra, la traslación al Sol, me pusiste en los dedos los anillos de Saturno, y detuvimos las erupciones de los volcanes. Decidí deterner un huracán en el Golfo mientras tu detenías el deshielo de un iceberg.
Desde que te soñé y te deshice en cristales y azúcar nuestra esencia viaja de mi a ti, de ti a mi.
Me seduces con una palabra al oído, te llamo en silencio con una imágen. Enloqueces con ese ruido que suena detrás de tu cerebro todo el día, me desboco con tu tacto. La templanza fué ahogada en un vaso de agua, y brindamos con dos copas de vino helado mientras eliminábamos la memoria a corto plazo y comíamos queso y pan nutriendo de sensaciones ésta, nuestra otra vida, y gestábamos la futura.
Dejé la copa de vino en la mesa y te mordí el labio mientras me sentaba sobre ti a horcajadas. Tomé tus mejillas con las palmas de las manos y las acaricié apenas. Tus ojos me miraban desde el fondo y tu respiración se hizo pesada, densa y grave como tu voz que se me aloja sin permiso en las células. En todas las células y su memoria.
Te conté todo lo que ha pasado en mis últimas doce vidas mientras me recorrías la espalda con la punta de los dedos y la espina dorsal se me desdoblaba electricamente.
Nuestras lenguas se reconocieron en un nuevo baile y tus manos no dejaban un centímetro libre de piel y leyéndome como libro abierto los días ausentes de nosotros.
Te dije que las taquicardias me iban a matar mientras detenías las manos sobre mi piel y me susurrabas que precisamente de eso se trataba mientras te volvía a morder el labio y te desfajaba la camisa sin prisa y mi lengua te hablaba en el caracol de tu oreja derecha.
-Estás hecha a mi medida-, me dijiste
-No te vayas nunca-, te respondí
Y después, dejé de recordar lo que pasó porque me distraje con las Perseidas que no dejaban de llorar mientras nos veían perdernos en nuestras constelaciones y nos olvidábamos de los sentidos.
Y cuando me dijiste lo que sabes que necesitaba escuchar en el caracol de mi oreja izquierda, susurrándolo lentamente y eternamente, con esa voz tan ronca, tan pesada, tan llena de ti y de mi, de nosotros y de toda la rotación de la Tierra, el Sol se acercó un poco mas a nosotros y nos hizo estallar como nunca y como siempre.
Tu y yo manejamos la rotación de la Tierra, la traslación al Sol, me pusiste en los dedos los anillos de Saturno, y detuvimos las erupciones de los volcanes. Decidí deterner un huracán en el Golfo mientras tu detenías el deshielo de un iceberg.
Desde que te soñé y te deshice en cristales y azúcar nuestra esencia viaja de mi a ti, de ti a mi.
Me seduces con una palabra al oído, te llamo en silencio con una imágen. Enloqueces con ese ruido que suena detrás de tu cerebro todo el día, me desboco con tu tacto. La templanza fué ahogada en un vaso de agua, y brindamos con dos copas de vino helado mientras eliminábamos la memoria a corto plazo y comíamos queso y pan nutriendo de sensaciones ésta, nuestra otra vida, y gestábamos la futura.
Dejé la copa de vino en la mesa y te mordí el labio mientras me sentaba sobre ti a horcajadas. Tomé tus mejillas con las palmas de las manos y las acaricié apenas. Tus ojos me miraban desde el fondo y tu respiración se hizo pesada, densa y grave como tu voz que se me aloja sin permiso en las células. En todas las células y su memoria.
Te conté todo lo que ha pasado en mis últimas doce vidas mientras me recorrías la espalda con la punta de los dedos y la espina dorsal se me desdoblaba electricamente.
Nuestras lenguas se reconocieron en un nuevo baile y tus manos no dejaban un centímetro libre de piel y leyéndome como libro abierto los días ausentes de nosotros.
Te dije que las taquicardias me iban a matar mientras detenías las manos sobre mi piel y me susurrabas que precisamente de eso se trataba mientras te volvía a morder el labio y te desfajaba la camisa sin prisa y mi lengua te hablaba en el caracol de tu oreja derecha.
-Estás hecha a mi medida-, me dijiste
-No te vayas nunca-, te respondí
Y después, dejé de recordar lo que pasó porque me distraje con las Perseidas que no dejaban de llorar mientras nos veían perdernos en nuestras constelaciones y nos olvidábamos de los sentidos.
Y cuando me dijiste lo que sabes que necesitaba escuchar en el caracol de mi oreja izquierda, susurrándolo lentamente y eternamente, con esa voz tan ronca, tan pesada, tan llena de ti y de mi, de nosotros y de toda la rotación de la Tierra, el Sol se acercó un poco mas a nosotros y nos hizo estallar como nunca y como siempre.
| Viendo las Perseidas |
jueves, 9 de agosto de 2012
Sueños de cristal
Desperté con ruidos de cristal rompiéndose.
Y ahí habías estado.
Te sentías aún. Tu lado de la cama seguía tibio, la forma de tu cuerpo seguía marcada entre las sabanas que olían a nuestro amor, tu mano seguía caliente sobre mi cintura y respiraba el aire que acababas de exhalar.
Te desvanecías con los restos de la noche y con el comienzo del día, pero te sentía mas que nunca. Me preguntaba si estarías sintiendo lo mismo y me contestaste desde allá que si.
No quería decirte que con ésta era la séptima noche seguida que soñaba contigo porque hubiera parecido una mentira aunque sabes que no lo es. Te busco y te encuentro en mi otra vida, la nocturna, que es mas real que la de cualquier mañana común y corriente, o la de una tarde de agosto.
Y quiero dejar de buscarte pero nos encontramos a la vuelta de la esquina y no hacemos mas que quedarnos viendo...así, con los brazos a los lados, esperando el abrazo que no nos damos y sintiendo en la boca el beso que detenemos para que no se nos escape y prenda el motor de lo inasible.
Y decidí no decirte y comenzar a barrer los cristales rotos en el piso.
Se me antojaban, me seducían, me daban taquicardia...los apretaba entre los dedos y se convertían en azúcar que sentía dulcemente deshacerse en mis manos. Se convertía en polvo de estrellas y se dibujaba en voces escritas en mis palmas, formaba palabras que nacían desde mis líneas de vida y con la punta de la lengua las saboreaba mientras sonreía y te seducía.
Sé que volverás cuando te invoque a mis sueños. Se que no me abandonarás. Me ven tus ojos las noches que quiero me vean y nos reímos con la mirada, te acaricio desde el esternón hasta el ombligo y me meto desde la nariz por tus omóplatos hasta las yemas de tus dedos.
Pero, los sueños se rompen, y llegara uno en el que me despida de ti con las manos, porque las cuerdas vocales me las congelaste en el cielo ese día que baje sin paracaídas, y te diga que mis sueños te abandonan, porque ya no pueden romperse mas de tan rotos...
Y ahí habías estado.
Te sentías aún. Tu lado de la cama seguía tibio, la forma de tu cuerpo seguía marcada entre las sabanas que olían a nuestro amor, tu mano seguía caliente sobre mi cintura y respiraba el aire que acababas de exhalar.
Te desvanecías con los restos de la noche y con el comienzo del día, pero te sentía mas que nunca. Me preguntaba si estarías sintiendo lo mismo y me contestaste desde allá que si.
No quería decirte que con ésta era la séptima noche seguida que soñaba contigo porque hubiera parecido una mentira aunque sabes que no lo es. Te busco y te encuentro en mi otra vida, la nocturna, que es mas real que la de cualquier mañana común y corriente, o la de una tarde de agosto.
Y quiero dejar de buscarte pero nos encontramos a la vuelta de la esquina y no hacemos mas que quedarnos viendo...así, con los brazos a los lados, esperando el abrazo que no nos damos y sintiendo en la boca el beso que detenemos para que no se nos escape y prenda el motor de lo inasible.
Y decidí no decirte y comenzar a barrer los cristales rotos en el piso.
Se me antojaban, me seducían, me daban taquicardia...los apretaba entre los dedos y se convertían en azúcar que sentía dulcemente deshacerse en mis manos. Se convertía en polvo de estrellas y se dibujaba en voces escritas en mis palmas, formaba palabras que nacían desde mis líneas de vida y con la punta de la lengua las saboreaba mientras sonreía y te seducía.
Sé que volverás cuando te invoque a mis sueños. Se que no me abandonarás. Me ven tus ojos las noches que quiero me vean y nos reímos con la mirada, te acaricio desde el esternón hasta el ombligo y me meto desde la nariz por tus omóplatos hasta las yemas de tus dedos.
Pero, los sueños se rompen, y llegara uno en el que me despida de ti con las manos, porque las cuerdas vocales me las congelaste en el cielo ese día que baje sin paracaídas, y te diga que mis sueños te abandonan, porque ya no pueden romperse mas de tan rotos...
viernes, 3 de agosto de 2012
Desde dentro
Mi vientre se convirtió en lava, roca negra de lava. Se tensaba en inhalaciones y se encogía en exhalaciones.
Me deshice en evaporarte, me endurecí del esternón al hueso púbico.
Me revolví en la cama lo que pareció una eternidad, y cuando ya no pude dormir mas, tomé la piel de mi abdómen apenas con las puntas de mis dedos. Era tan suave y doloroso mi tacto me parecían garras las que me abrían en dos para sacar esa roca inerte, pesada, atrapada.
Las puntas de mis diez dedos se colocaron en el esternón, donde sentí mi corazón con una fatiga inmensa, como corazón de abuela melancólica y viuda que duerme con su gata a los pies de la cama.
Tal como sentía me devolvería el espejo en cuanto me viera en el.
Tenía que levantarme a inaugurar mis pasos, que me sonaron ligeros, no pesados como los otros días. Tan ligeros que bien podría haber estado muerta y recorriendo un Purgatorio exactamente igual a mi cama, mi piso, mi baño y mi cocina.
Decidí que me ganaría el Paraíso en la Tierra, así que mientras mi piso se convertia en arena de mar, me acerqué caminando a tu playa, la recorrí lentamente, el sol me pintaba con un poco mas de pecas, las arrugas me surcaban las ideas y el aire se enredaba en mi pelo y lo trenzaba de mil formas distintas mientras yo me detenía en tu piel de sal eternamente, para no dejar un solo pedazo libre de mi.
La arena tenía las estrellas de mar que están en la mesa de la sala, tenía mis cuarzos, -rosas-, fluoritas y un corazón de latón.
Las iba tomando una a una y prendiendo a mi piel y a la tuya para deternernos los desamores de las últimas vidas. A ti te parchaba pedazos donde se te iba saliendo el alma, y te los cosía con algas y agujas hechas de erizo de mar. Aproveché para pintarme con tinta de calamar los ojos, para ponerme polvos de coral en los labios, me hice pulseras de conchitas y con hojas de palmera me cosí un vestido de princesa.
La vida se iba cada siete y cada nueve olas, pero regresaba con la misma frecuencia disfrazada de marejada, otras de tormenta tropical, y otras mas estática de lo jamás hubiera podido imaginar.
Empecé a respirar sal evaporada que se iba incrustando lentamente en mis arrugas y las desaparecía. Las canas se me taparon con un moño hecho de corales, y en los pies, en mi lado secreto, había peces rojos, azules y amarillos que me mordían mientras me veían muertos de risa.
El viento se me empezó a colar por el caracol de la oreja izquierda y cuando me dí cuenta tenía tus manos rozándome la nuca, después los hombros, y acabaste abrazándome por detrás. Cuando se acomodó el abrazo, los dos nos quedamos viendo el horizonte. Sentí tu respiración, escuché tu corazón y en tu sombra adoré mas tu perfil con labios de pecado. No podíamos vernos a los ojos porque sabíamos que podríamos romper el hechizo, y suave y lentamente empezaste a casi deletrearme el juramento.
Y yo te lo juré de regreso.
Los peces nos mordían los pies a los dos, la piel me quemaba, la sal nos adormilaba, y cuando explotó la ola que tenía forma de espirales rotas, me hiciste una promesa muda que no llevaba una sola palabra de amor.
Y traté de comenzar a sonreir tranquila, hasta que la sonrisa y un comienzo de paz se empezó a instalar en la yema de mis dedos y parecía que la roca de lava comenzaba a hacerse polvo.
Y te lo volví a jurar de regreso toda la mañana, aunque no me escuchabas ya, porque un rayo verde del horizonte te había llevado con el.
Y seguí jurándotelo.
Y seguí jurándomelo.
Desde dentro. Desde donde solo tu existes.
Me deshice en evaporarte, me endurecí del esternón al hueso púbico.
Me revolví en la cama lo que pareció una eternidad, y cuando ya no pude dormir mas, tomé la piel de mi abdómen apenas con las puntas de mis dedos. Era tan suave y doloroso mi tacto me parecían garras las que me abrían en dos para sacar esa roca inerte, pesada, atrapada.
Las puntas de mis diez dedos se colocaron en el esternón, donde sentí mi corazón con una fatiga inmensa, como corazón de abuela melancólica y viuda que duerme con su gata a los pies de la cama.
Tal como sentía me devolvería el espejo en cuanto me viera en el.
Tenía que levantarme a inaugurar mis pasos, que me sonaron ligeros, no pesados como los otros días. Tan ligeros que bien podría haber estado muerta y recorriendo un Purgatorio exactamente igual a mi cama, mi piso, mi baño y mi cocina.
Decidí que me ganaría el Paraíso en la Tierra, así que mientras mi piso se convertia en arena de mar, me acerqué caminando a tu playa, la recorrí lentamente, el sol me pintaba con un poco mas de pecas, las arrugas me surcaban las ideas y el aire se enredaba en mi pelo y lo trenzaba de mil formas distintas mientras yo me detenía en tu piel de sal eternamente, para no dejar un solo pedazo libre de mi.
La arena tenía las estrellas de mar que están en la mesa de la sala, tenía mis cuarzos, -rosas-, fluoritas y un corazón de latón.
Las iba tomando una a una y prendiendo a mi piel y a la tuya para deternernos los desamores de las últimas vidas. A ti te parchaba pedazos donde se te iba saliendo el alma, y te los cosía con algas y agujas hechas de erizo de mar. Aproveché para pintarme con tinta de calamar los ojos, para ponerme polvos de coral en los labios, me hice pulseras de conchitas y con hojas de palmera me cosí un vestido de princesa.
La vida se iba cada siete y cada nueve olas, pero regresaba con la misma frecuencia disfrazada de marejada, otras de tormenta tropical, y otras mas estática de lo jamás hubiera podido imaginar.
Empecé a respirar sal evaporada que se iba incrustando lentamente en mis arrugas y las desaparecía. Las canas se me taparon con un moño hecho de corales, y en los pies, en mi lado secreto, había peces rojos, azules y amarillos que me mordían mientras me veían muertos de risa.
El viento se me empezó a colar por el caracol de la oreja izquierda y cuando me dí cuenta tenía tus manos rozándome la nuca, después los hombros, y acabaste abrazándome por detrás. Cuando se acomodó el abrazo, los dos nos quedamos viendo el horizonte. Sentí tu respiración, escuché tu corazón y en tu sombra adoré mas tu perfil con labios de pecado. No podíamos vernos a los ojos porque sabíamos que podríamos romper el hechizo, y suave y lentamente empezaste a casi deletrearme el juramento.
Y yo te lo juré de regreso.
Los peces nos mordían los pies a los dos, la piel me quemaba, la sal nos adormilaba, y cuando explotó la ola que tenía forma de espirales rotas, me hiciste una promesa muda que no llevaba una sola palabra de amor.
Y traté de comenzar a sonreir tranquila, hasta que la sonrisa y un comienzo de paz se empezó a instalar en la yema de mis dedos y parecía que la roca de lava comenzaba a hacerse polvo.
Y te lo volví a jurar de regreso toda la mañana, aunque no me escuchabas ya, porque un rayo verde del horizonte te había llevado con el.
Y seguí jurándotelo.
Y seguí jurándomelo.
Desde dentro. Desde donde solo tu existes.
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