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miércoles, 30 de noviembre de 2011

Los círculos en las espirales

Mientras nos amanecíamos me susurrabas tus deseos al oído.
Te acariciaba la espalda, tu espalda que tanto me gusta recorrer de cabo a rabo.
El deseo nos inundaba los sentidos.
La oscuridad nos iluminaba los orgasmos.

Tu esencia fluía con la mía en ritmos caribeños. En abrazos que nos dábamos y que sin decirnos no queríamos que se nos acabaran...

Solo soy tuya por hoy.
Solo eres mío en el presente.

Pero al parecer, nos amamos de aquí a la eternidad y nos deseamos desde pasados inciertos.

Y no sé qué nos depara el destino.
No sé qué será de mi mañana...

Y al parecer no importa...

Solo tengo que sentir que se me sale la risa por los ojos al menos una vez al día, con eso basta...
Con eso basta mientras veo cómo se pone el sol en la oficina donde solo estoy conmigo y con nadie mas...
(mientras te deseo otra vez para susurrarte mis deseos al oído en un mañana que no sé cuándo será)

Mi puesta de sol en mi lugar de trabajo (con espirales)



martes, 29 de noviembre de 2011

Lágrimas de vidrio

Aixa se toca el pecho y siente un hueco profundo.

Camina arrastrando los pasos, siguiendo las huellas de los gatos. Detrás de ella siente la cola del vestido también arrastrando. Es de un shantung de seda bordado con pequeños cristales y perlas, tiene un delgadísimo encaje de Brujas y cruje a cada paso mientras sostiene un velo con el brazo izquierdo.  El color crema que nunca quiso ser blanco virginal, se ha llenado tanto de polvo que parece gris muerto y helado.
Es el vestido de bodas que ya no recuerda si usó o inventó haber usado.

Sus ojos verdes antes luminosos y llenos de sol ahora parecen dos negros charcos que bien podrían ser del tamaño del mar Caspio, ese al que nunca fué porque estaba demasiado ocupada saltando entre tejados mientras trataba de encontrar su sombra en el pavimento de las calles apenas iluminado por farolas casi fundidas.
Se pasaba noches enteras sobre techos de edificios, entre antenas parabólicas, cables, macetas hechas de latas oxidadas y jaulas de tendido.
Se disfrazaba con la ropa de las vecinas que ponían a secar y olvidaban bajar, se entretenía viendo maridos fumando en las madrugadas,  tristes y cansados asomándose por las ventanas sin saber si aventarse a la vida o quedarse encarcelados pagando una penitencia que desconocían. Le divertía ver novios escondiéndose de las farolas para meterse mano y besarse mordiéndose labios y lenguas mientras les temblaba el sexo a mil por hora.
Y se pasaba horas en paz atemporal acariciando gatos de ojos verdes, amarillos y azules que la seguían mientras veían nacer y morir lunas.
Y mas lunas.
Una tras otra, hasta que perdió la cuenta de cuántas lunas habían pasado y cuantos gatos habían dejado de seguirla.

La ultima luna que recuerda en este momento, con la mano helada queriendo aprisionar su corazón de vidrio soplado, es la que sucedió un día después de haber contado relatos y escuchado historias mientras comía helado de té verde con jazmín y daba sorbitos a un vino que le sabía a risa.

Había sido una luna tan brillante que se le hincho el pecho con taquicardias que sonaban como marimba yucateca.

La luna parecía un sube y baja perfectamente equilibrado.

-Tu estás en el lado izquierdo, yo en el derecho- y se rió divertida.

Al día siguiente la luna ya no estaba tan equilibrada, aunque seguía siendo igualmente perfecta.

Eso recordaba mientras seguía caminando en ese, su palacio de cristal.
Era frío como un noviembre agonizante en medio de un frente frío.
Como ese noviembre agonizante de otoño dorado con cara de huracán inventado en el Golfo.
Tenía paredes azules y ventanas deslumbrantes.

El palacio de Aixa parecía un amanecer invernal lleno de sol, sin una sola nube, pero frío como la soledad absoluta.

Aixa se despojaba de vestidos de seda brillante y de lino crudo, de anillos de esmeraldas, de relojes que marcaban un tiempo inútil, de carruajes decorados con estrellas plateadas, de billetes arrugados y monedas de oro y plata.
Todo lo tiraba por una de las ventanas que daba a una calle llena de grafitis color cielo y tierra, rebeldes y ansiosos.

Nada quería.

Estaba sola.

Su cama, que alguna vez había sido un paraíso rodeado de libélulas y mariposas blancas con alas de encaje tenía sábanas de algodones egipcios, mantas de lanas puras y perfectas, pero era la parte mas fría del palacio.

Aixa lloraba lágrimas de vidrio mientras seguía paseándose por su palacio diminuto y solitario.

Añoraba ese momento en el que prefirió no caer de un empujón a ese precipicio que la hubiera llevado a Punta Cometa. Al mar. A revolcarse en esas arenas no tan blancas.
A sentir el calor del sol del Pacífico.
A ver lunas menguantes y crecientes mientras las libélulas disfrazadas de luciérnagas le trenzaban en su recuerdo inventado el largo pelo.
A escuchar las olas del mar, mientras con una pluma Caran d'Ache y una libreta Moleskine imaginaba escribir relatos, con una pluma de halcón deteniéndole la gran trenza del pelo.

Y mientras, él, con sus ojos eternos, cuerpo perfecto y alma larga y generosa como el horizonte, rozándole la nuca con un beso, seguramente le hubiera dicho:

-Acompáñame Princesa, te espero en la séptima ola, vamos a nadarnos hasta el infinito como siempre lo hemos hecho-

Lágrimas de vidrio





viernes, 25 de noviembre de 2011

Pecado original

Yo no sé a quien se le ocurrió inventar esto de los pecados, yo solo sé que a veces me siento Eva y a tí te pongo el nombre y la cara de Adán sin existir el pecado original.

Nuestro paraíso existe en un bosque recurrente en mis sueños.  Ese bosque huele a mar, y en el suelo húmedo y negro hay estrellas de mar y fósiles de nautilius. Los árboles son altos y los tocamos con las puntas de los dedos mientras los recorremos flotando en ese sueño que no es tan recurrente como lo es tan fiel y permanente.

El mar está a distancia de un parpadeo y medio paso tuyo, pero uno mío...
Es un mar calmado.
Tiempo atrás empezaron a aparecer pedazos de vidrio que las olas han ido puliendo y dando formas redondas, ovaladas, hasta formas de corazón he encontrado alguna vez.
Me gusta tocarlos y ponerlos al sol para ver como se desdoblan puntitos de miles de tonalidades en verde o ámbar,  o azul o blanco.
A veces no me doy cuenta y han pasado horas o tal vez días, y entonces vienes tu y me das un beso en medio de la nuca, justo donde empieza y termina mi columna vertebral, dependiendo de cómo quieras recorrerla ese día con la punta de la lengua mientras acaricias mis hombros, o pechos, o simplemente posas las manos abiertas en mis caderas y me susurras justo eso que quiero oír.

Y entonces nos abrazamos para bailar, las olas hacen la música, la luna es el DJ, las estrellas esas esferas setenteras y cuando nos damos cuenta ya pasaron doce años en un abrazo bailado...

Solo existimos tu y yo en ese paraíso que huele a Merlot, aunque hay esencias vaporosas de dos que son uno.

Tu y yo.

Estamos vestidos pero sin ropa, perfumados con el olor a sal del mar que toca nuestros pies descalzos. Estamos quemados por el sol, pero nuestras pieles son suaves y eternas.

Entrelazo mis dedos lentamente con los tuyos, veo un albatros con las enormes alas abiertas secándose en una piedra en el mar, siento como respiras tranquilamente y trato de respirar a tu ritmo.

Trato de soltar, de entregar, de olvidar, de sentir, de romper, de no cuestionar.

Un rayo nos alcanza, termina la canción que estamos bailando, abro los ojos...

Y...

Uno de mis bosques


miércoles, 23 de noviembre de 2011

Sueños estrellados

Desperté a las cinco habiendo repartido unas cuantas estrellas.

Me senté sobre la cama, y prendí la lámpara de papel, puse la cubeta que me diste en el piso laminado mientras veía las espirales que adornan el buró junto a la foto en blanco y negro.
La cubeta, -ni te la imaginas porque no la viste siquiera-, es de madera clara con cinchos de fierro viejo.
Así la escogí.

Estaba cansada, muy cansada.
Y empecé a recordar.
Apenas cuatro horas antes me habías dado una cubeta para poner mis estrellas.
Unas las convertí en estrellas de mar y las puse en la mesa de la sala.
Otra se la regalé a él. Otra a ella. Una la mandé a la Selva Lacandona y otra a Punta Cometa.
Las aventé con todas mis fuerzas y con un grito.

La línea del tiempo se extendía en un horizonte que abarcaba los pies de mi cama y se perdía a lo largo de mi columna vertebral hasta el centro de la nuca donde me pegó un escalofrío.
Mi cuerpo se sintió pariendo una vida como hace dieciseis años.
Mi alma se sintió de una pieza.
Mis pies de plomo.
Mi sonrisa se empezó a reír como como anoche se reía contigo, con ganas de un té y de echarte tres besos volados.
Y además, en el sueño donde se nos venía encima la lluvia de las Leonidas en tu ventana, hice una lista con los tres regalos que me vas a regalar

Sweet sixteen Foto JI



lunes, 21 de noviembre de 2011

Viendo la vida pasar

Sentada en los escalones de la chocolatería, veo la vida pasar.

Le doy un traguito al frappé de chocolate oaxaqueño que es lo mas parecido a un delicioso orgasmo en ese momento. Se deslizan los pedacitos de hielo por mi garganta junto con los trozos de cacao casi naturales y empiezo a liberar las endorfinas que necesito para el domingo de desfile, el domingo hueco de ti, el domingo lleno de sol que me pega sentada en ese lado de la calle con la cámara en el ojo dispuesta a robarme las sonrisas y sudores de todos los que pasan en el desfile revolucionario del que ahora siento como mi pueblo, ese pueblo que me libera los fines de semana de ti y de mi y de nosotros en nuestro imposible.

Siento por la columna vertebral todas las lágrimas que lloré como escalofrío eléctrico y vibrante. Siento el atado de hierbas quemadas la noche anterior como un enorme cigarro erizando los vellos de mis brazos, siento la presencia de mis abuelas abrazándome una a cada lado, sudo un poco de Chenin Colombard que aún queda en mi sistema con sabores a mar californiano y a flores blancas, escucho con un segundo sorbo de esta bebida a los dos gatos que he visto brincando por el techo todas las noches, recuerdo al gallo que me despertó a las cinco de la mañana y acompaso mi corazón a las campanas de la Capilla de San Sebastián que empiezan a sonar a las seis en punto, mas puntuales que el mismísimo Greenwich.

Me siento bruja, me siento sirena, me siento cabrona y al mismo tiempo me siento la mujer mas débil de la banqueta, de la cuadra entera, donde pega el sol, y la de enfrente donde está todo el público esperando el desfile...

Así que me levanto, prendo la cámara y comienzo a robarles la sonrisa a todos los que se cruzan frente a mi banqueta, por mi camino, en esos instantes de nuestras vidas.

Si...porque además de todo, también me siento muy ladrona...



Desfile 20 de noviembre, Tepoztlán


viernes, 11 de noviembre de 2011

Apariciones

Hoy se me apareció en medio de una foto,
Después crucé sin querer ese camino que tenía sus huellas frescas.
La música de la tarde me regresó a una noche sin olvidar, y mientras nada mis mares me decido a esfumarle del día que invadió por invitación mía.

Y resulta que la luna de hoy, que empieza a caerse de tan llena que estuvo ayer,  me trae mareas de recuerdos de algo que ya no conozco, de alguien que ya no existe.

De mi.

Prendo el Palo Santo en la tarde murmurando algo que ni yo puedo escucharme para expiar algo que hoy intenta oprimirme el corazón...
Le pongo cara y nombre a eso, y se llama "una gran duda acerca de un porvenir cualquiera".

De mi porvenir.

Y mientras, ese de los ojos verdes me dice:

-Espero que pronto dejes de preocuparte por los demás y comiences a preocuparte por ti misma, si no, nunca te vas a curar-....

Y decido por segunda vez en el día algo...

Nadar en el mar antes de que termine este año que tiene un once como el día de hoy...

-...Acompáñame Cielo, y entra conmigo a la séptima ola, y no regresemos jamás...-

En medio de esta foto. Tlaxcala.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Equilibrio

Y cuando entro en delirio, me apodero de toda la magia que se me pone en frente, se me exalta el alma y el cuerpo, quiero comerme el mundo, y entonces me voy al lugar mágico a reencontrar el punto de equilibrio que muchas veces no quiero encontrar.
Y el sol se apodera de mi, y la montaña me acaricia. El viento me mece en la hamaca, las mariposas blancas que parecen pañuelos de lino calados se atraviesan por mis ojos...

Me voy al mercado y me topo con las zarzamoras que necesito para hacer la mermelada que se me antoja, con hierbas de olor frescas para hacer esa sopa que me reconfortará, con el Chamán que me da varitas de Palo Santo traído del Amazonas en Perú y me dice que tengo algo atorado, que vaya al monte con él y me hará una limpia; mis pasos se cruzan con la viejita de los nopales y termino con el del queso y los huevos orgánicos que cargo junto con las zarzamoras con mucho cuidado para que no se maltraten.

Y termina el fin de semana, y añoro tus manos y tus ojos, nuestro paraíso inventado, y me entretengo con el cielo mientras me pierdo en tu sonrisa que parece tan eterna como lo que se me atraviesa en la carretera...


La nube que me sigue con el sol detrás