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martes, 12 de octubre de 2010

Sales

De repente volteo la cara y me topo con espacios de tiempo, de ser, de estar. Sin aroma, sin sabor.
Son minúsculos espacios, casi insignificantes.
Hoy me topé con uno a eso de las nueve de la mañana, mientras parecía que alguien me comía a pedacitos en una isla caribeña.

Son esos momentos, que se quedan pegados al lado, durante todo el día.

Día en el que no me he podido sentar siquiera a tomar un vaso de agua, pero que he sentido el sabor insípido rondándome a diestra y siniestra.

Porque todo empezó con un color anaranjado al amanecer...que veo, observo, miro, estudio y paso con todos sus colores de los ojos al alma.
De los veos, a los piensos y luego a los sientos.
Y cuando parpadeo para procesar ésto, me quedo en silencio pensando que no hay nadie a mi lado, -fisicamente-, que piense y sienta lo mismo.

Que me diga: "me abruma ese anaranjado como a ti"...

Y después de intentar procesar ese anaranjado, paso a ese comer-en-pedacitos, y me siento insípida.
Insípida y no sé porqué.

Siento que me falta sal, pero una buena sal.

En mi cocina tengo cuatro sales: sal de cocina común y corriente marca Elefante, sal de la Camarga, -Fleur de Mer-, sal rosa del Himalaya, y sal de la Costa Chica de Guerrero.

Las cuatro sazonan completamente diferente.

La Elefante evito usarla a menos que sea un caso de extrema urgencia.

La de la Camarga la compré cerca de Aigues-Mortes hace muchos años, o en Santas Marias del Mar, no recuerdo exactamente, esa se usa para platilloes seductoramente especiales, mismos que hace muchos años no cocino.

La rosa del Himalaya es nueva adquisición.
Tan nueva que apenas he hecho dos o tres platillos que ni recuerdo con ella. Me ha tomado ésta sal por sorpresa, distraida, dispersa, conociendo y re-conociendo nuevas partes de mi vida mientras me ajusto un cinturón del Coronel Tapioca en mis pantalones tipo cargo con un arrebato en el corazón.

La sal de la Costa Chica.
Pienso en ella y pienso en mi mamá.
Cada Semana Santa que acampamos durante diez o quince años en esa playa vírgen, todos los días, -muy a la irlandesa-, pedía papas al pueblo mas cercano. Las limpiaba y caminando iba a la orilla de la playa a llenar una olla con agua de mar.
Ahí ponía las papas a hervir. En agua de mar.
Por eso, cuando hago papas, las hiervo con chorros de sal de la Costa Chica...a ver si me quedan sazonadas como a mi mamá.

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